viernes, 31 de agosto de 2012

El Hombre a Caballo. La Bolivia real y la Bolivia ideal en Drieu (y en el que suscribe)




“El hombre nace sólo para morir y nunca está tan vivo como cuando muere. Pero su vida solamente tiene sentido cuando él da su vida en lugar de esperar a que le sea recogida” (pág. 212).

Debía tener 16 años en 1968 cuando Bolivia empezó a ejercer cierta fascinación sobre mi mentalidad de adolescente. Había dos cosas que me llamaban poderosamente la atención: el hecho de que allí hubiera transcurrido la aventura del Ché y el que fuera aquel país el elegido por Drieu La Rochelle para situar su novela L’Homme à Cheval. Había comprado el volumen en la librería de Maurice Bardéche quien, por aquellas fechas publicaba mensualmente La Defense de l’Occident; mi francés era entonces deficiente así que entendí muy por encima la novela. Años después empecé a traducirla al castellano en las horas libres –pocas, por cierto– de las que dispuse durante el tiempo en que permanecí en Bolivia. Sí, porque cuando tenía 30 años llegué por primera vez a aquel país junto a otros militantes neofascistas europeos.


De aquel país regresé con unos pocos libros, muchas imágenes, algunos artículos y entrevistas realizadas y un volumen de experiencias políticas y humanas aquilatadas que jamás hubiera logrado experimentar en la vieja Europa. No suelo mirar al pasado más que cuando toca mirar al pasado, esto es, cuando vale la pena reactualizar alguna enseñanza recibida en otro tiempo. Por ello no he pensado con mucha frecuencia en aquellos años. Cuando estaba traduciendo en La Paz el Capítulo II de L’Homme à Cheval me enteré que acababa de ser publicado en México y con una traducción aceptable, así que abandoné la tarea. Ni siquiera conservo las 50 páginas traducidas. No había vuelto a pensar en esta novela desde hacía mucho tiempo.

Dos tiempos, dos actitudes, una Bolivia

La vida de Drieu es, como su obra, intimista, inestable, a ratos ambigua, con la estética pesando mucho más que la ética, un punto decadentista, saturada por una sobredosis de sensualismo y preocupaciones socialistas–nacionales, europeístas y a la búsqueda permanente de destellos de heroísmo como forma de autodestrucción. En ocasiones me he preguntado si he admirado a Drieu por sí mismo o si es que he tenido que admirarle porque eso estaba implícito en el ambiente político en el que he militado.

El caso es que hacía años que no pensaba en Drieu hasta que un querido amigo que sugirió la posibilidad de escribir una crítica a El Hombre a Caballo, edición en castellano, de la que todavía quedan algunos ejemplares en el almacén. Había donado mi ejemplar de la obra (como otros varios miles de libros) a la Biblioteca Pública de Villena así que tuve que pedirle que me enviara un ejemplar de la obra. Por azares de la vida, el sobre que lo contenía llegó justo al lado de otro libro que me había remitido otro amigo desde Trieste: L’Aquila e il Condor, volumen de memorias de Stefano Delle Chiaie a quien acompañé en su periplo boliviano.

A diferencia de Delle Chiaie (e incluso a diferencia de Drieu), yo no quedé “prendado” por Bolivia. He de reconocer que me sorprendió el país y mucho más sus gentes, pero que no dejaron una huella excesivamente profunda en mi; sí en cambio en Delle Chiaie tal como evidencia el título de su volumen de memorias: sabemos que L’Aquila es el águila romana, el águila que aparece como símbolo en todas las tradiciones europeas y en cuanto al Condor es, por supuesto, el cóndor de los Andes. Algo en el corazón de Della Chiaie se quedó atrapado en la “olla de La Paz” y en las planicies que la rodeaban, en las minas de Mipiri y Chungamayo y en las selvas que circundan Santa Cruz de la Sierra, la ciudad colonial más hermosa de Iberoamérica exceptuando, claro, a Cartagena de Indias, en las orillas del Titicaca y en el Mercado Indígena de la capital, en el Paseo del Prado y en la sede del Estado Mayor o de la Escuela Militar que debíamos frecuentar con asiduidad. Delle Chiaie empleó, a mi juicio, demasiado tiempo en Bolivia y allí cometimos el peor de todos nuestros errores: tener una influencia política demasiado evidente en el país en lugar de limitarnos a pasar desapercibidos, crear un “santuario” seguro para nuestros camaradas exiliados (nosotros mismos éramos casi todos perseguidos políticos en Europa y nos movíamos permanentemente con pasaportes y documentos falsos) y acumular fondos que nos estaban siendo preciosos para poder mantener unos niveles aceptables de lucha política en Europa e incluso para mantener a nuestra red de exiliados en activo dispersos por medio mundo. Pero estas críticas ya las formulé en su momento y ahora apenas tiene sentido actualizarlas a título de inventario.

La diferencia entre Drieu y Delle Chiaie radica en que, aunque ambos sintieron la “llamada de los Andes”, el primero jamás estuvo en Bolivia y todo lo que refirió de aquel país lo sabía por sus lecturas y seguramente por el testimonio directo de Borges y especialmente de Victoria Ocampo. Las informaciones que recabó fueron exactas en su mayor parte. En la última página de El Hombre a Caballo (pág. 221), el último párrafo implica una confesión de paternidad:

“Qué hubiera dicho mi abuelo si hubiera leído el manuscrito, titulado Fragmentos de memorias sobre Jaime Torrijos escritas por su hermano. En efecto, según la historia no había existido un Jaime Torrijos y este relato, que contiene monstruosas inexactitudes, parece haber sido escrito por alguien que jamás puso los pies en Bolivia, que cuando mucho lo soñó” (pág. 221).

La construcción de un personaje (I) De Melgarejo a “Jaime Torrijos”

Drieu escribió esta novela en 1943. Fue una de sus últimas obras, sin duda de las más maduras y brillantes, después solamente publicaría una Crónica Política (1934–43), las obras de teatro Charlotte Corday y Le Chef y Les Chiens de Paille, su última obra. La empezó a escribir el año anterior a su publicación. El tema de un apuesto capitán de caballería que se convierte en dictador (“protector” en el calificativo que le da Drieu en la novela), que quiere reconstruir el Imperio inca, se enfrenta a la oligarquía, la masonería, a los jesuitas y a los propios indios que desconocen qué es lo que les conviene, no es otro que la imagen del individuo que lucha contra el destino y que, más titánico que heroico, fracasa en su aventura. La obra se inspiró en varios personajes reales que Drieu sintetizó en la figura de “Jaime Torrijos” y que habían sido dictadores de Bolivia en el llamado período del “socialismo militar”: David Toro, Germán Busch, etc. El “socialismo” era otro de los leit–motiv ideológicos de Drieu. En ocasiones –en esta ocasión, por ejemplo– la realidad superó con mucho la ficción. Bolivia es un país que oscila entre la desmesura y lo banal. Con cierta frecuencia los dictadores suelen ser personajes desmesurados.

Jean Larteguy decía que detrás de todo militar boliviano existe un Melgarejo. Y es cierto. Melgarejo es, sin duda, el personaje más atractivo, y a la vez odioso, de la historia de aquel país. Los retratos que se conservan de Melgarejo nos lo muestran con expresión de alienado, endurecido por la crueldad y el afán de supervivencia; pero no importa si Melgarejo era cuerdo o loco, bueno o malo, porque de lo que no cabe la menor duda era que fue un “grande” frente a los “pequeños” y en los “pequeños”.

En la reputada obra de Alcides Arguedas, Los caudillos bárbaros, Melgarejo aparece como un tirado psicópata “irrespetuoso con la ley” y que no reconocía poder alguno superior al suyo en lugar alguno del planeta. Se conoce hasta la saciedad aquella anécdota de que montó al embajador inglés sobre un burro, atado y mirando la cola del jumento, paseándolo así por la capital. Enterada de la afrenta, la Reina Victoria de Inglaterra ordenó que la escuadra bombardeara Bolivia y solamente cuando supo que el país carecía de costas, simplemente se limitó a tacharlo del mapa: “Bolivia no yo existe”. Melgarejo, a todo esto, creía que iba a ser traicionado por todos. Un buen día, en un consejo de ministros, enfurecido gritó: “Todos me traicionan, no me puedo fiar ni de mi camisa”, y acto seguido se quitó la camisa y mandó que la fusilaran. He oído decenas de historias como estas contadas por tenientillos recién salidos de la Academia Militar (reformada por Ernst Röhm, el hombre de las Secciones de Asalto hitlerianas que preparó al ejército de aquel país para la Guerra del Chaco). 

Melgarejo, como “Jaime Torrijos”, el joven teniente de los caballeros de Agreda, había comenzado su carrera militar en Cochabamba. Con 35 años, en 1854 participó en su primer golpe militar con el dictador Isidoro Belzú. Fracasada la intentona, Melgarejo consiguió salvar la vida alegando una excusa que solamente en los países andinos puede ser entendida: que la culpa no era suya sino del  aguardiente (el shingani boliviano lo arroya todo como las aguas del Madrededios, nubla la visión como la más espesa de las brumas y es embriagados como el sexo más salvaje). Tras apoyar la dictadura de José María Linares, peleó en nombre del General José Achá que se convertiría, a su vez, en dictador. Isidoro Belzú consiguió hacerse de nuevo con el control de la mayor parte del país y seguramente lo habría logrado de no ser porque Melgarejo atravesó todo el territorio hasta encontrarlo, matándolo con su propio revólver. La leyenda cuenta que ante el palacio de gobierno (el llamado sintomáticamente “Palacio Quemado”) se concentró una multitud vitoreando a Belzú. Melgarejo salió al balcón y anunció “Belzú está muerto ¿quién vive ahora?” y la masa gritó “¡Larga vida a Melgarejo!”. Había entendido que la voluntad de las masas es una entelequia débil y tornadiza.

Luego, a medida que transcurre la narración de L’Homme à cheval se perciben más y más detalles dispersos de la vida de Melgarejo que Drieu cristaliza en su personaje. Éste es implacable, pero como Melgarejo, da extraordinarias muestras de piedad y benevolencia. Perdona a sus enemigos, aun a sabiendas de que volverán a traicionarlo. Es lo que hace Melgarejo con los chilenos y lo que hace “Torrijos” con quienes han conspirado contra él. Incluso con “Camila”.

Los seis años en los que Melgarejo estuvo al frente del gobierno fueron dramáticos para el país. Se enfrentó a los indios, cedió territorios inmensos a Brasil a cambio de un caballo. Analfabeto, un día un soldado de su guardia le observó que estaba leyendo el diario al revés; Melgarejo le contestó: “El que sabe leer, lee, no más”. Otro día ordenó a su guardia personal que avanzara en el interior del palacio desfilando al frente hasta un balcón por el que uno a uno fueron cayendo sobre la plaza. Todos lo hicieron produciéndose alguna torcedura y unos cuantos huesos rotos. De no hacerlo todos habrían sido fusilados.

La construcción de un personaje (II). Germán Toro y David Busch

Melgarejo murió asesinado –era previsible– por el hermano de su amante. Un final novelesco para una vida casi de ficción. Pero no fue el único que prestó sus rasgos al “Jaime Torrijos” de Drieu. Los dos presidentes que gobernaron Bolivia durante el período del llamado “socialismo militar” (David Toro y Germán Busch) aportaron también inspiración a Drieu. Se trataba de dos militares que cubrieron un ciclo en la historia de Bolivia entre 1936 y 1939. En el retrato de Germán Busch se pueden percibir los mismos rasgos físicos con los que Drieu pinta a “Jaime Torrijos”.

Este período de la historia boliviana es, sin duda, uno de los más atrayentes a causa de la personalidad de sus dictadores. El “socialismo militar” había aparecido en Bolivia al concluir la guerra del Chaco y de la mano de los que habían sido héroes en el conflicto. Se trató, obviamente de una de las formas que revistió el fascismo andino y fue impulsado por los excombatientes de la guerra y por jóvenes militares que unían nacionalismo y socialismo. No hay que olvidar que el capitán Röhm no había ido solo a Bolivia sino que le acompañaron varios miles de antiguos miembros de los Freikorps, que dieron forma al ejército boliviano. Röhm, en tanto que “soldado político” no debió enseñar solamente estrategia y tácticas sino que también debió transmitir las ideas por las que estaba luchando en ese momento en su tierra natal. Y lo mismo podía decirse del volumen de combatientes alemanes que pasaron a ser verdaderos “soldados perdidos” en el Altiplano.

En 1936 el general David Toro (cuando estuve allí conocí a uno de sus descendientes, el coronel Rico–Toro que me comentó algunos rasgos singulares de su antecedente) “golpeó” (verbo que solamente existe en Bolivia como alusión al acto de dar un golpe de Estado), derrocando al presidente Sorzano (que solamente dejó como recuerdo la urbanización de una deslucida plaza en un extremo de La Paz, camino al Estado Mayor, y adornada por la reproducción de varios monolitos de Tiwanaco tan inexpresivos como él). David Toro estaba imbuido por el “socialismo militar”.

Toro fue sucedido por Germán Busch, éste tenía algo de sangre indígena y seguramente alguno de sus abuelos lo había sido. También, estando en Bolivia conocí a uno de sus descendientes, el general Alberto Natush-Busch. El golpismo le iba a la saga de los Busch porque este que conocí en 1981 fue presidente durante 19 días por la consabida vía del golpe. Todo su recorrido transcurrió entre el Palacio Quemado, el Parlamento, la catedral metropolitana y el Banco Nacional, cuadrilátero del poder situado en la misma plaza Murillo en el centro de La Paz. Era este Natush–Busch un tipo excepcional cuando lo conocí, un cerebro privilegiado echado a perder por el alcohol y la coca. Murió con apenas 62 años y con el comezón de no haber logrado igualar a su tío.

Un año después de acceder al poder, David Toro, no había conseguido el apoyo de los indios, ni había satisfecho las necesidades de la débil burguesía local. Tan solo se había enfrentado a “La Rosca” que intentó desplazarlo del poder, pero sería su compañero de armas, Germán Busch a quien entregaría el poder.

Ascendió al poder en julio de 1937 (en Bolivia y en España, los calores del verano parecen inducir el golpismo más que en cualquier otra época del año) teniendo como aval el haber sido uno de los héroes de la batalla del Fuerte Boquerón durante la guerra del Chaco. Atractivo, idealista, exaltado, impuso reformas que beneficiaron al país y especialmente a las clases más desfavorecidas. Aprobó una nueva constitución, firmó la paz con Paraguay e impuso que el 100% de las divisas procedentes de la venta del estaño fueran entregadas a la Tesorería Nacional. Estableció la sindicalización obligatoria, creó un ministerio obrero dirigido por un obrero, fundó el Banco Minero y nacionalizó las propiedades de la Standard Oil Company. Pero su gran obra fue la creación de los Yacimientos Petrolíferos Fiscales YPF… que sin duda sonará a los lectores por su retorno a Bolivia durante el gobierno de Evo Morales que lo arrancó de la tutela de Repsol. Por supuesto, con este historial de reformas y nacionalizaciones, Germán Busch se creó incontables enemigos.

Drieu aprovecha el físico de Germán Busch para crear a su personaje “Jaime Torrijos”. Escribe Drieu en el primer párrafo de su obra:

“Jaime Torrijos era teniente del regimiento de caballería de Agreda, que mantenía su guarnición en Cochabamba. Oficiales y soldados lo admiraban, porque tenía en su cuerpo una fuerza y una audacia extraordinarias. Las mujeres lo amaban por la misma razón” (pág. 9).

Ante la imposibilidad de llevar adelante sus reformas, Germán Busch se suicidó. Aunque él se puso la pistola en la sien, puede aceptarse que fue la presión de “La Rosca” quien apretó el gatillo…

El enemigo (I). La Rosca o los “barones del estaño”

Lo que Drieu elude en toda su novela es hablarnos de “La Rosca” y la historia de Bolivia en la primera mitad del siglo XX no puede entenderse sin esta institución oligárquica. Es cierto que Drieu alude constantemente a “los poderosos” que se configuran desde el principio como los enemigos de “Jaime Torrijos”, pero no parece muy interesado en establecer paralelismos entre “La Rosca” que realmente existió y “los poderosos” a los que alude y a cuya clase pertenece “Camila”, la amante aristocrática y conspiradora. “Felipe”, el narrador y guitarrista le dice un día:

“– …Quisiera que charlaras con ella. A través de Camila te familiarizarías con el espíritu de los grandes y aprenderías a cuidarte mejor.
– Los conozco. Me odian, pero eso no importa, porque son unos cobardes. ¿Cuántos lucharon en el ejército de don Benito? Son demasiado delicados para tomar las armas”.

En efecto, Camila pertenecía a una de las más grandes familias del país, pero “la mayor parte de los grandes estaba con el partido de los rojos vencidos por Jaime en la persona de don Benito y, viendo a Jaime buscar apoyo popular, vivían en la más hostil reserva para con él”. Tales son “los poderosos” y su actitud. Seguramente, para no complicar la narración, Drieu ha preferido simplificar y eludir cualquier alusión a “La Rosca”. Esta institución estaba compuesta por los llamados “barones del estaño”, quienes pasaban por ser los hombres más ricos del mundo en el país más pobre de la tierra. Y, además, todos, sin excepción, eran judíos. Los Aramayo, los Patiño, los Hotschild, empresarios mineros que exportaban el producto de la explotación del minero a los EEUU, hacían y deshacían a su antojo y evitaban que se pudiera estabilizar cualquier gobierno que no “pasara por la rosca”, esto es, que no limitara ni un ápice sus beneficios.

Pronto “La Rosca” entendió que Germán Busch apuntaba contra su corazón. Le hizo la vida imposible, conspiró contra él, hasta que, finalmente, harto de ver que jamás podría aplicar su programa, se suicidó el 23 de agosto de 1939, el día antes de la firma de los pactos Molotov–Ribentrop y una semana antes del inicio del conflicto fronterizo germano–polaco que luego la habilidad del gran capital financiero anglosajón transformó en Segunda Guerra Mundial. Si la vida de Germán Busch había sido sorprendente y desmesurada, heroica sin duda, su muerte lo elevó a la categoría de mito. Era el mito que convenía a Drieu para terminar de redondear a su “Jaime Torrijos”. Por una vez, y seguramente a título de excepción, un relato de Drieu termina sin suicidio o sin muerte sacrificial. “Torrijos” simplemente dimite después de haber declarado la guerra a Chile (y haber perdido) y designa un sucesor y se va hacia el Norte, hacia el Amazonas:

“– Vas a entrar en desiertos inexorables.
– Puede ser. Cuando era niño, soñaba con esas regiones desconocidas. Seré el hombre que habrá intentado todos sus sueños. Después de todo, no tenía tantos.
– Dicen que los incas primitivos se refugiaron por allí, hace cuatro siglos.
– Tal vez.
– Nadie puede acercárseles
– ¿Quién sabe?”(pág. 218).

El hombre a caballo y la idea de la muerte

No es el suicidio de Germán Busch lo que recoge Drieu, sino el abandono del poder de su protagonista. A fin de cuentas ¿qué supone para un dictador el abandono del poder, sino la muerte? Dice el narrador: “Somos de los que quieren morir con los ojos abiertos”. Se trataba, en definitiva, de muerte. Germán Busch lo entendió: la imposibilidad de romper el destino de su país, la tiranía de “La Rosca”, le impulsaron a tomar la pistola, como otros personajes de novela de Drieu, y suicidarse. Entre el “Alain” protagonista decadente de Fuego Fatuo (a quien le pesen las letras y no localice la novela traducida le puedo recomendar la película de Louis Malle que podrá bajar a través de cualquier peer–to–peer, Le feu follet) y el muy real Germán Busch, dictador de Bolivia, el final es el mismo: “Una pistola es un objeto… chocar al final con un objeto” fueron las frases finales del Fuego Fatuo que podrían haber sido también las de Germán Busch harto de chocar con “los poderosos”, “La Rosca”, la apatía indígena o la frivolidad.
Cuando “Jaime Torrijos” y “Felipe” se separan en las laderas de los Andes, éste escribe la frase que da el título a la novela:

“Miré la espalda de ese hombre detrás del cual había caminado durante veinte años. El hombre a caballo iba a pie” (pág. 220).

“Torrijos” no se suicida como Busch, simplemente desaparece. En el particular lenguaje simbólico rocheliano, descender del caballo implica renunciar a la vida. Se vive cuando se cabalga, es decir, cuando se está más cerca del cielo. Se muere cuando se toca la tierra, cuando se camina. Para evitar que otro de sus personajes muriera trágicamente, Drieu evita el suicidio (muchos decían que Drieu llevaba siempre el suicidio en la sangre y otros lo tenían por un maniaco depresivo) y recurre al símbolo inspirado por el drama de Germán Busch, el “socialista militar” que no puedo sobreponerse a la presión de “La Rosca” y a la incomprensión del indio.

Ante la belleza, ante el erotismo, ante la pasión

Drieu es un esteticista que suele vivir sus propias pasiones con singular intensidad. Ya hemos dicho (y lo reiteramos ahora) que situaba siempre la estética por encima de la ética. Véase, por ejemplo, las sensaciones que experimenta ante el desfile de los jinetes de Agreda. No hay rastro de otra cosa más que del Drieu sensualista:

“Hombres y caballos, en el colmo del espíritu animal, constituían centauros que se lanzaban en una oleada semidivina hacia nuestro campanario. Las campanas deberían haber sonado. ¡Oh magnífica hilera de pechos que avanzaban hacia nosotros, que subían hacia nosotros! ¡Oh crines! ¡Oh colas! ¡Oh sudores! ¡Oh largo grito perdido! ¡Misterio de humanidad que se da por nada, a nada! ¡Oh belleza que te bastas sola frenéticamente! ¡Oh minuto perdido para siempre y por siempre terno en el corazón!” (pág. 47)

Es más, cuando alude a “los poderosos”, hay algo que le impide condenarlos en bloque. “Camila” forma parte de “los poderosos”. Y “Camila” es hermosa. Nuevamente la ética queda subordinada a la estética, la belleza hace inclinar ante sí a la justicia. Drieu, el Drieu maduro en la última etapa de su vida, no puede por menos que escribir:

“Cuando  miraba sus pies y sus manos, bendecía la crueldad de su familia que, desde hacia tres siglos, dominaba a los indios para asegurar la perfección del ocio en dedos tan justamente finos y severos” (pág. 63).

Es la maldición de Drieu: perderse ante la belleza. De hecho, cuando regresa del Congreso de Nuremberg de 1935, tras haber visto el formidable alarde del NSDAP y del Reich reconstituido, describe lo que vio con tintes mucho más estéticos que políticos o ideológicos. Si el bolchevismo hubiera sido capaz de generar belleza, no me cabe la menor duda de que Drieu se hubiera arrojado tras su estela.

Los indios: el alma de Bolivia

Sabemos quienes inspiraron a Drieu a la hora de crear a la imagen de “Torrijos” (con fragmentos de Melgarejo, restos de Germán Busch y recuerdos de David Toro). Sabemos incluso cómo pudo atribuir rasgos ideológicos y de un programa político a su “dictador”: simplemente se limitó a extraerlo del “socialismo militar” que realmente existió y que viviría su etapa final cuando el presidente Gualberto Villarroel entre 1943 y 1946. Villarroel fue el último gran “socialista militar”, promulgó una legislación favorable a los indios; el 21 de julio de 1946, una turba asaltó el Palacio Quemado –y lo incendió de nuevo– sede de la presidencia de la República y asesinó a Villarroel colgando su cuerpo de una farola ante el palacio presidencial. Cuando estuve por allí me fotografié bajo esa farola. Villarroel fue asesinado justamente por aquellos a los que había tratado de defender: por los indios. Drieu escribe:

“Los indios soportan todo y, luego, un día, lo arrasan todo. Se apodera de ellos un delirio absoluto. Se precipitan juntos y matan e incendias. Matan todo lo que es esencial: hombre, mujeres, niños, viejos; sacrifican a los animales, incendian y arrasan las casas. En una palabra, proyectan esa desolación que hay en sus corazones (…) He aquí lo que sucedía bajo el gobierno de Jaime, que amaba a los indios, que soñaba con hacerlos salir de su abyección, que al vez tenía sangre india” (pág. 132).

L’Homme à cheval se escribió tres años antes de que el cadáver de Gualberto Villarroel pendiera de la farola de Plaza Murillo. Cuando leemos el capítulo titulado La rebelión de los indios, se diría que Drieu intuyera lo que iba a suceder:

– Cómo pudo suceder eso? Lo que he hecho en el gobierno ha sido mejorar la suerte de esas pobres gentes. ¿Es eso lo que los ha incitado? Me veo forzado a reprimirlos. No se puede transigir con la locura: están locos, destruyen todo, se destruyen a sí mismos. Lo que estoy obligado a hacer aquí es atroz” (pág. 133).

Hubiera sido difícil describir el drama del “socialismo militar” boliviano de los años 30. Drieu saca a un nuevo personaje, “Tamila”, una especie de brujo indígena, dirigente de su comunidad. Es el único indígena que aparece en la trama y nuevamente Drieu lo pinta con rasgos que corresponden a la realidad de aquella raza (“Tamila era el hombre más silencioso, el más ensimismado. Y su mujer podía ser tan muda como él”, pág. 136). Es “Felipe” quien va a entrevistarse con él para recabar sobre las causas de la revuelta indígena:

– ¿Por qué se han sublevado?
– Los indios son desdichados. Prefieren la muerte a la vida.
– ¿Por qué ahora?
– Ayer o mañana, poco importa para el hombre que desea la muerte” (pág. 136)

No logra aclarar gran cosa y se pregunta:

“¿Era un vulgar hechicero del pueblo? ¿o bien poseía secretos antiguos y profundos? ¿Tenía un poder decisivo sobre los indios? ¿O bien no era más que un agente político sin mucha importancia, un intermediario al servicio de los aventureros de cualquier procedencia? (…) ¿Creía que era sincero con él? ¿Tenía ideas claras? ¿O estaba embrutecido?” (pág. 136).

Son las preguntas pertinentes que afloran en cuanto se tiene contacto con el alma india. Yo mismo me preguntaba esas cuestiones cuando hablaba con algunos indios y luego, repasando, la biografía del Ché Guevara me di cuenta de que también él se había preguntado lo mismo. Cuando intentó cruzar el continente latinoamericano en motocicleta, debió atravesar en camión, acompañado por su amigo argentino, la frontera entre Bolivia y Argentina: escribió entonces sobre aquellos rostros inexpresivos, aparentemente apáticos de los indígenas, completamente impenetrables, nunca se sabe exactamente qué tienen en la cabeza, qué piensan, es imposible saber si te están dando la razón sinceramente o simplemente lo hacen para traicionarte mejor después. Cualquiera de ellos sería un jugador excepcional de póker en Las Vegas y no hay nada más parecido a la expresión de un indio boliviano que la mirada hierática y congelada de los monolitos tiwanacotas reproducidos en Plaza Sorzano o en Miraflores. Hay en La Paz, en la falda de una colina, un mercado indígena y dentro de él una calle, la calle de las Brujas en donde es posible comprar desde un feto de llama para que las minas produzcan hasta dulces de colores chillones cuya única utilidad es ser ofrendas a la Pachamama. Vanamente intenté comunicarme con aquellos indios y nunca supe si su “ciencia” procedía de los antiguos incas o simplemente un gancho para crédulos y supersticiosos.

El indio constituye el alma de Bolivia. Drieu lo entrevió e incluso pinto a “Tamila” con los caracteres que le corresponden a todos los indios bolivianos. Delle Chiaie se sentía muy próximo a ellos, probablemente con la misma simétrica lejanía que yo experimentaba hacia ellos. Sí, quedaban las ruinas de Tiwanaco, la Puerta del Sol y la Puerta de la Luna, la Pirámide de Atacama (que un vasco, un tal Oyaldeburo, literalmente destrozó; en efecto, se trataba de un tronco de pirámide situada en un recodo del complejo tiwanacota; en la superficie de la cumbre había un estanque –que todavía subsiste hoy– con el altar y el ara de sacrificios; el bueno de Oyaldeburu llegó allí y oyó las historias de los incas; que si en el corazón de la pirámide hay oro y plata… Y Oyaldeburu, morrosko y diestro levantador de piedras, removió toda la estructura de tal manera que hoy, desde lejos ni siquiera se percibe que era una pirámide sino que más bien parece como una colina de faldas irregulares. Era evidente que el “oro y la plata” eran el sol y la luna reflejados en la piscina que se encontraba en la plataforma superior de la pirámide…), los monolitos, los templetes subterráneos, etc.

Bolivia era un hervidero de sociedades secretas cuando la conocí. Existía una organización llamada la “Logia del Cóndor Negro” que no era más que el círculo interior de una sociedad cultural abierta a todos, la “Sociedad Cultural Los Andes”. Todos, prácticamente todos, los militares que dieron el golpe en julio de 1980 pertenecían a la Logia, incluido Klaus Altman que entonces se encontraba allí. Habían reconstruido una especie de misticismo extraño a medio camino entre oriente y occidente. Las “prácticas espirituales” que realizaban se reducían al mismo “desdoblamiento astral” que practicaban otros muchos grupos ocultistas en Europa y, por supuesto, en Bolivia. Nunca conseguí tomarme en serio ni la magia indígena, ni la reconstrucción de la religión inca que habían realizado los miembros de la “Logia del Cóndor Negro”. Cuando, años después en Europa, conocí a un curioso personaje andino, Fernando Ponce de León, antiguo teósofo que andaba medito en las primeras ONGs de ayuda a los indios (él mismo era mestizo) tampoco consiguió convencerme de que la tradición incaica se había logrado perpetuar ininterrumpidamente desde la colonización española hasta nuestros días. Me parecía mucho más creíble Hergé en su Tintín en el Templo del Sol. Por lo demás, incluso Alfred Rosemberg cuando repasaba la tradición nórdico–germánica insistía en que “Odín ha muerto y sigue muerto” que era como reconocer que una tradición cuando cae ya no puede ser levantada por nada ni por nadie porque sus mismos dioses han muerto con ella. Si el siglo XIX hacía sentenciado la muerte de dios y el XX trajo la muerte del hombre y, por tanto, el reino de las masas, hacia siglos que las viejas tradiciones incaicas al otro lado del charco y paganas a este, habían muerto. Nada podía hacerse por ellas y, desde luego, la reconstrucción antropológica era solo algo menos mala que mantener la ficción de que algo era “originario” y “regular” cuando solamente era simulación y superstición. “Tamila” aparece sorpresivamente en la novela de Drieu para acompañar algunas de estas reflexiones.

El Protector de Bolivia

En el principio de la novela cuando “Jaime Torrijos”, inmediatamente vence a sus oponentes, se sienta en el butacón de la presidencia y desde allí labra proyectos y reformas. Como Melgarejo hay en sus rasgos algo de megalómano:

“… ¿Estoy acaso aquí para esas pequeñas astucias? Me hallo aquí para destrozar a los grandes, despertar a los indios y rehacer el Imperio Inca” (pág. 109).

Su interlocutor, el narrador y guitarrista, “Felipe” entiende entonces la altura del personaje:

“Estas palabras fueron como un rayo. Un sudor de vergüenza se derritió sobre mi cuerpo. ¿Qué era yo junto a él? Toda mi hipócrita vanidad era un escombro a sus pies. Él estaba ahí, delante de mí, grande, solo” (pág. 109).

Drieu “preparó” concienzudamente su libro, se informó seguramente a través de conversaciones con amigos que habían pasado por allí y leyó artículos sobre Bolivia publicados en la prensa francesa. Es significativo que utilizara la palabra “Protector” en sustitución de “dictador”. “Jaime Torrijos” no es “presidente de la república”, tampoco es “dictador de facto”, es simplemente “El Protector”. El título no es frecuente en Iberoamérica pero había sido utilizado por el general San Martín cuando asumió la presidencia del Perú en 1821, el general Santa Cruz fue ungido como “Supremo Protector” y luego “Protector de la Confederación Perú–Boliviana” en 1837. Se utilizó este título porque se consideraba que era provisional y en cuando desaparecieran las circunstancias excepcionales que lo habían generado.

La relectura de la obra me ha confirmado en que, efectivamente, Drieu estuvo mucho tiempo leyendo e inquiriendo sobre la realidad boliviana. Los mismos proyectos militares que atribuye a “Jaime Torrijos” tienen mucho que ver con la psicología de los militares de aquel país tal como eran en 1940 y seguían inmutables cuarenta años después cuando los conocí. En efecto, si todo oficial boliviano tiene un Melgarejo dentro, también en el corazón de todo militar boliviano late una especie de relación de amor–odio con sus colegas chilenos.

Chile, como se sabe, es el adversario geopolítico de Bolivia. Han sido frecuentes las alianzas entre Perú y Chile para garantizar que Bolivia jamás tendría una salida al Pacífico. Mientras estuve allí, Pinochet gobernaba y los militares bolivianos aspiraban más a imitarle a él que a la Junta Militar Argentina que, a fin de cuentas, había facilitado el golpe de Estado de julio (siempre julio) de 1980. Drieu lo sabía:

“Una vez más en mis adentros me burlaba vilmente de él; en Cochabamba, se iba de juerga y no pensaba más que vagamente en atacar Chile de cuando en cuando, como todo boliviano después de beber” (pág. 109) “De cuando en cuando iba a verlo y cada vez me parecía más absorto por proyectos militares. Organizaba al ejército con vistas a la guerra contra Chile, y ponía ahí una devoción, un ardor y un genio que ameritaban la vigilancia más implacable de mi parte” (pág. 122).

“Felipe”, el guitarrista, le recuerda que para emprender una guerra necesitará poner en la palma de la mano tanto a los “grandes” como al “pueblo”. Y “Torrijos” asiente:

“No, no podré avanzar sin haber destrozado a los grandes” (pág. 110).

El enemigo (II). Masones y jesuitas

Aquí parece que sea el programa de los socialistas militares el que habla por él. Ahora bien, hay dos fuerzas ocultas que menciona Drieu y que aparecen en roles odiosos en su novela: los jesuitas y la masonería. Ambos se amparan en el secreto, ambas intentar mover los hilos desde las bambalinas, ambas conspiran, ambas huyen, en definitiva, de la luz del sol. Es difícil que Drieu tuviera conocimiento del papel de la masonería en Bolivia que se remontaba a la independencia y a algún que otro episodio aislado del gobierno. Cuando tuve ocasión de pulsar todos estos ambientes a principios de los años 80, los jesuitas ya estaban completamente desmantelados. Puede decirse que si el Concilio Vaticano II había ido mal para alguien había sido para ellos y que la Teología de la Liberación había hecho de ellos una fuerza residual. Y lo que era peor: las sectas protestante avanzaban a mucha más velocidad y de manera mucho más visible que el catolicismo (y el jesuitismo) andino.

En cuanto a la masonería solamente conocí masones en el colegio de abogados. Prácticamente habían desaparecido de cualquier otro sector de la vida nacional. No creo que Drieu tuviera información privilegiada sobre unos y otros. En los años 30 y 40 tampoco existían estudios pormenorizados sobre los jesuitas y sobre la masonería en Bolivia, así que Drieu se limitó a trasladar a Bolivia el modus operandi de estas dos asociaciones. Y lo hace con una habilidad excepcional, especialmente en lo relativo a la masonería.
El “padre Florida”, el jesuita conspirador, aparece pintado con unos rasgos particularmente desagradables y en cuanto a “Bélmez”, el masón, es así mismo odioso sino repugnante. Incluso “Tamila” siente distancia hacia “Bélmez”: opina que “Bélmez es un gran hechicero entre los españoles” (pág. 162). “Bélmez” y “Florida” habían participado en la conspiración para sublevar a los indios contra “Torrijos”. Ambos eran pues hijos de la misma madre:

“… al final de interrogatorio se había establecido que Florida y Bélmez habían participado por igual en el fomento de la rebelión de los indígenas; que Bélmez había conseguido de Florida que el gobernador de Oruro, devoto de los grandes, atormentara a sabiendas a los indígenas para conducirlos a la desesperación y que, por otra parte, Bélmez había animado y sobornado a los agitadores por medio de las logias. Muchos párrocos eran masones y le obedecían directamente sin pasar por Florida” (pág. 165). “… Porque la masonería comparte con la Iglesia las responsabilidades y las hipocresías de la propiedad (…) La Iglesia y la masonería son a menudo aliadas, encontrándose irremediablemente confundidas en sus orígenes, pero son aliadas intermitentes”” (pág. 179). Florida sabe que el cristianismo sucumbirá o se transformará. Bélmez sabe que ahí donde el cristianismo sucumbe, la masonería no tiene para mucho tiempo. Pues ésta nunca ha tenido la fuerza como para consolidar serios medios sociales a su sueños, que es el de reemplazar a la Iglesia. Los masones no son capaces de reemplazar a la Iglesia, no pueden ni saben actuar sino a su sombra” (pág. 181).  “Estas dos oscuridades, los jesuitas y los masones, debían encontrarse a menudo enredados en las mismas conspiraciones. Y me acordé de las palabras de Jaime al comienzo: “Los masones y los jesuitas nunca han podido más que reconocer los hechos consumados”. Dos oscuridades, dos ineficacias, pero dos sombras apasionadas, debilitadoras, engendrando lo odioso y ridículo alrededor de las grandes acciones” (pág. 94).

El eterno femenino: entre la hetaira y la oligarga

Ejército (“Dragones”, el regimiento de “Agreda”), masonería (“Bélmez”),  jesuitas (“padre Florida”), indígenas (“Tamila”), La Rosca (“los poderosos”, los “Bustamante”), son los protagonistas que encarnan a las distintas fuerzas sociales que operaban en los años 30 y 40 en aquel remoto lugar del mundo. La novela va del poder de unos sobre los otros, de la manipulación de las gentes y de los personajes, de las rivalidades humanas y, en definitiva, de las pasiones. Porque el centro de la novela, el centro de la propia obra de Drieu, no es sino la pasión. Y cuando hablamos de pasión nos estamos refiriendo a pasión entre un hombre (“Jaime”) y dos mujeres (“Camila” la hija de “los poderosos” y “Conchita”, la bailarina y prostituta).
Las novelas de Drieu son, todas, novelas apasionadas, repletas de sensualidad y, frecuentemente, de erotismo. Y esta no iba a ser diferente. Hay dos mujeres en la trama, dos caracteres completamente diferentes, dos distintas actitudes ante la vida, dos clases sociales irreconciliables e incompatibles, para una misma pasión. El amor de la prostituta, experto, sin mentiras, interesado, sensual, diestro en procurar placer sin pedir nada a cambio más que la remuneración; la hetaira presente en todas las épocas que es “Conchita” sabe que las contorsiones de su cuerpo –ella es bailarina– generan sensaciones eróticas irremplazables en los hombres, así que usa y abusa de sus habilidades de manera consciente. “Jaime” es su amante, pero ella tiene otros muchos amantes. “Felipe”, el narrador apunta:

“Conchita y yo tocamos y cantamos alternadamente. Luego, fue necesario que bailara. Para ahorrar el aburrimiento, había bebido mucho, tanto que se contorneaba con una lascivia que deshacía las ataduras que la oprimían (pág. 33). ¿Y Conchita? ¿Qué era de ella? Se pensaba que Jaime la había hecho encerrar en alguna parte, a no ser que hubiera decidido lo peor. Hice una súplica a la Madona para que esto fuera verdad. Después de todo, quizás la Madona fuera tan indulgente con las putas como con su Hijo (pág. 36). ¿Qué hiciste con Conchita? –La azoté. Seré vencedor antes de que esté curada” (pág. 38).

“Torrijos” no es benévolo con “Conchita”. La trata como se trata a las putas, apenas como objetos de placer, no hay ni pizca de humanidad en esa relación, sólo erotismo que aflora de manera salvaje especialmente en la escena en la que “conchita” baila en el palacio ante un grupo de “poderosos” entre los que se encuentra “Camila”. “Camila” no es un animal erótico, es simplemente la hija de “los poderosos”, esculpida para gustar y de un fuste muy diferente (“Ahí estaban los pechos más enteros que se podían ver en La Paz. Había incluso en el deterioro de los de la madre un recuerdo majestuoso. Y en el teatro siempre era un placer popular espiar al fondo del palco más bello la altiva perspectiva de ese tesoro múltiples bajo las mantillas”, pág. 60), el erotismo de “los poderosos” esta modulado por su poder sobre las cosas que parece otorgarles control y restarles espontaneidad en el erotismo. “Camila” es hermosa, no erótica, y no se siente a gusto en un ambiente sensual como el que crea “Chonchita” cuando danza en la fiesta de palacio:

“La colgadura se levantó… y Conchita–Concepción hizo su entrada. Concepción en un magnífico atuendo de bailarina, enmascarada. Estaba enmascarada. Y también llevaba un gran chal sobre los hombros que escondía como por efecto de un súbito pudor o reto extravagante” (pág. 82). Comenzó a bailar. Sus primeros pasos iban a quebrantarse, parecía, en el silencio asustado y hostil, como un vaso en que el agua se hiela. Pero conjeturar eso, era ceder a sus nervios y olvidar el orgullo de Concepción, el orgullo de Jaime. ¿Era necesario por lo demás, llamar con el nombre de orgullo el vivo sentimiento de pureza animal que revestía a esos dos seres, ella bailarina y él jinete, en medio de todos esos asistentes (pág. 83). Ella bailó. No, no bailaba. Eso no era un baile, eso era apenas algo de toda esa danza futura al sol embrión oscuro, imprevisible en un mundo subterráneo. Envuelta en su inmenso chal sombrío, del que había hecho recaer al principio, con un ligero movimiento, los pliegues hasta lo más bajo de su brillante vestido, se cubría nuevamente la cabeza, pisoteaba imperceptiblemente sobre su lugar, sin hacer el menor ruido con sus talones (pág. 83). Bailo mucho tiempo, con más fuerza que jamás mujer alguna haya bailado. Las gentes olvidaron todo, quienes eran, porqué habían venido, la presencia de Jaime, el lugar en donde estaban, quién era Concepción. Aplaudían enérgicamente, con una violencia sombría como si se entregaran con un abandono de voluptuosidad a lo inesperado y a la contrariedad de la situación (pág. 85). De pronto, terminó el último baile. Apareció desnuda hasta la cintura. Sus dos pechos admirables, cubiertos de sudor, resplandecían con sus puntas endurecidas por la excitación moral” (pág. 86).

Hace falta leer todo el texto para advertir que frente al erotismo y a la sexualidad salvaje de “Conchita” y frente a la mesura y a la belleza sobria y clásica de “Camila”, Drieu opta, sin duda, por la primera.

Bolivia es un país en el que no faltan prostitutas. El mayor burdel de La Paz era propiedad del entonces presidente de la Asociación de Mutilados de la Guerra del Chaco. Amigo nuestro, claro está. Y era curioso porque aquel hombre, que a pesar de la edad seguía siendo alto y caminando erguido, aparentemente no tenía ninguna mutilación. El día que me atreví a preguntarle qué le faltaba, maldije lo obvio: la falange del dedo gordo del pie derecho… Había distribuido entre los “asesores” europeos unas tarjetas que aseguraban un sustancial descuento en los servicios de su burdel, algo que siempre agradecían los consumidores. Por otra parte, el primer día de mi llegada allí, cuando no hacía ni una hora que había descendido del avión y seguía lamentándome por la pérdida del equipaje, en el Hotel Plaza conocí a una aventurera y prostituta francesa que recorría el mundo en busca de aventuras, fortuna y sensaciones. Un estrecho maillot atigrado le ceñía todo el cuerpo desde los vertiginosos tacones hasta los hombros y permitía adivinar lo rotundo de sus curvas. Y luego, una vez establecido allí no faltaron prostitutas que conocer, amantes de ministros, amantes de industriales, amantes de narcos, amantes de paramilitares, amantes de políticos, amantes de profesores de yoga y de oficinistas, amantes de todo lo que se moviera, en definitiva.

Es curioso, Bolivia es un país hecho –como las antiguas Cortes franquistas– hecho a “tercios”: un tercio de “machos”, un tercio de esposas y un tercio de amantes, todo ello casi en equilibrio ecológico. No es raro que Drieu introdujera este tema en su novela y creara la antítesis con la mujer seria y de belleza serena. A no contraponer la “mujer madre” con la “mujer amante” como hijo Evola en su Metafísica del Sexo. De hecho en la novela no hay más madre que la de “Camila” y sus hermanas y aparece solamente en una alusión en la novela solamente para recordar que sus pechos seguían generando admiración. No hay hijos en las novelas de Drieu. La paternidad tiene poco de sensual y la maternidad ni siquiera resulta excitante. “Camila” aparece orgullosa y displicente contra “Torrijos”, contra “Felipe”, por supuesto contra “Conchita”. ¿Y “Conchita”?  “Felipe le dice a “Torrijos” hacia el final de la novela:

“–Conchita es más mujer que usted. Es una puta, pero nunca lo engañó como usted.
– Bolivia es mi mujer, rió Jaime.
– Tú eres la mujer de Bolivia también. El genio macho de Bolivia fundó tu alma flexible de hombre de acción. Bolivia y usted forman uno solo: usted es el andrógino perfecto, se encontraron porque ya estaban unidos.
– Dices cosas extrañas, Felipe
– Te digo cosas extrañas desde que te conozco, Jaime, y las decía antes de conocerte.
– ¿Quién eres?
– La mitad de ti mismo, como lo es cada uno de los que te siguen. Comenzando por Conchita” (pág. 188).

Poco antes, “Felipe”–Drieu ha definido a la perfección el tiempo del amor: tres días (“El amor no puede durar más de tres días. Eso basta para entrar en la eternidad” (pág. 186). ¿Acaso Cristo no murió y resucitó en tres días? Antes había escrito: “Las nupcias de los humanos no duran mas que un relámpago, como las de los dioses y las de los animales” (pág. 98).

El centro de la novela es, pues la pasión: pasión de un “jefe” por su país, pasión de un amigo (“Felipe” el guitarrista) por “Jaime”, pasión de “Jaime” por las mujeres, pasión de masones y jesuitas por las conspiraciones, pasión. Hay mucha pasión en Bolivia. Se trata de un país telúrico. Cuando estuvimos trabajando allí todos estábamos de acuerdo en ese punto. He visto pocas mujeres tan heroicas y esforzadas como las bolivianas. A decir verdad, ellas son las que mantienen en pie el país. El alcoholismo ha hecho mella en los hombres de aquella raza. Entonces lo supe cuando estuve entre ellos, hoy no hace falta ir tan lejos, casi dos millones de andinos están entre nosotros y nos demuestran día a día que el indio tiene mal beber. A principios de los 80 la mujer Boliviana tenía una fuerza y una energía que había desaparecido de la mayoría de los barones. No me sorprende, pues, que le hubiera llegado a Drieu algún eco de todo esto (Victoria Ocampo debió de transmitírselo) y que le predispusiera a situar su relato en aquel país (¿por qué no en Argelia o en algún recodo olvidado del continente africano?, lo hubiera podido hacer como hizo con alguna otra de sus novelas: Beloukia en la kabylia, Una mujer en su ventana entre las turbulencias griegas).

Los confidentes de Drieu: la Ocampo y Borges

Detrás de todo esto, claro, hubo una mujer. Victoria Ocampo. Ha habido que esperar a la publicación en Francia de la correspondencia entre Pierre Drieu la Rochelle y Victoria Ocampo, la conocida escritora argentina. Entre 1929 y 1944, ambos mantuvieron una relación más que estrecha, especialmente en los primeros años. Amantes primero, cuando se extinguió la pasión, consiguieron salvar la sintonía mutua que sentían el uno por el otro en una amistad que se prolongó hasta el suicidio de Drieu.

Ambos se conocieron en 1929 en el domicilio de Isabel Dato; en aquella ocasión estaban presentes Paul Valery y Ortega y Gasset. Ese mismo año había conocido también al conde de Keyselring convirtiéndose desde ese momento en amante de Drieu y admiradora del filósofo. Drieu le presentó a Malraux, Huxley, Aragon. La relación es tan apasionada como en las descripciones que Drieu hace de los instantes eróticos en sus novelas. Pero la relación tiene altibajos: él es depresivo y para colmo usa y abusa de prostitutas. Ambos son la noche y el día: él admira la pintura de Watteau, ella la detesta; ella es políticamente liberal mientras que él se orienta pronto hacia el fascismo. Y sin embargo, conviven y sobreviven a sus contradicciones.

En mayo de 1932, ella le invita a pasar una temporada en Argentina. Conoce a Jorge Luis Borges en el Jockey Club de buenos Aires (luego escribirá “Borges bien vale el viaje”, mientras que en las postrimerías de su vida, Borges preguntado sobre Drieu responderá que “había sido un fascista por pereza”). Y desde el 32 hasta el 44 mantendrá una fluida correspondencia con ambos. Los datos esenciales sobre Bolivia y los bolivianos, proceden precisamente de esa correspondencia y de las lecturas recomendadas por los dos grandes de la literatura argentina (y en lengua castellana) al grande de la literatura francesa.

La estructura de la novela

La novela responde a una estructura excepcionalmente bien lograda. En sus primeros capítulos es el “viejo orden” el que cae. El antiguo dictador, por su misma presencia, consigue que “Torrijos” se resuelva a actuar contra él. Las descripción del golpe es quizás la que más alejada está de las realidades. Los golpes de Estado en Bolivia son mucho más novelescos que los que podría narrarse en la mejor de las novelas. Son, simplemente, increíbles. Os lo aseguro. De esa primera parte, sin duda, la fuerza radica en las descripciones que tienen a “Conchita” como protagonista.

Luego, el autor deja de mostrar a “Torrijos” como un “joven héroe” para atribuirle rasgos propios del estadista: describe su proyecto político, describe sus inquietudes, describe su voluntad y, sobre todo, describe los factores que entran en juego en la sociedad boliviana. Y, al describir a “los poderosos”, describe necesariamente a la contrapartida de “Conchita”, a “Camila”. A partir de ahí la trama describe los juegos de influencias, las manipulaciones de unos hacia los otros, las bajezas humanas, las perfidias y traiciones, las estancias más sombrías del alma humana. Aquello que todos conocemos pero que no todos somos capaces de describir con la maestría de Drieu.

Siguen luego los resultados de tanta bajeza: la revuelta de los indios. Drieu –que se ha preocupado poco en las 150 páginas anteriores por describir la situación de los indígenas– lo hace ahora. Los indios constituyen la mayoría de la población de Bolivia. Sino indios, mestizos. Como en todas las sociedades tercermundistas los escalones más altos de la sociedad los ocupan los “blancos” y en el más bajo se encuentran los “indígenas” (indios en los Andes, negros en África). En el estrato intermedio figuran los mestizos (curiosamente en el ejército boliviano la alta oficialidad frecuentemente es blanca, la tropa es indígena y los cuadros son mestizos y el mismo esquema suele repetirse en los países andinos y centroamericanos). “Jaime Torrijos”, el atractivo militar con pizca de sangre indígena parece ser una síntesis de Bolivia. En este capítulo aparecen los indios representados por “Tamila” (deliberadamente o por azar, Drieu atribuye al escalón inferior de la sociedad indígena un nombre simétrico al de la representante del escalón más alto, de “los poderosos”, “Camila”). Jaime llega al hartazgo. Él es un “hombre a caballo”: precisa estar siempre en marcha (Kerouac posiblemente se inspiró en él apenas un lustro después para escribir On the road -En el camino- verdadero manifiesto, junto con el Aullido de Ginsberg, de la beat generation). Drieu, el autor, siente que sus días se están agotando, que el Reich de los mil años no conocerá muchos más días gloriosos y que el holocausto final adquirirá tonos wagnerianos y arrastrará en su caída a todos los que creyeron en él.

La última parte es verdaderamente un manifiesto político y una lección de prospectiva. Se trata de 20 páginas, de la 200 a la 220, que aparecen bajo el rótulo En el lago Titicaca. Drieu habla del poder, de la renuncia, de las ilusiones perdidas, de lo que cada mujer le inspiró, de lo que le inspiró su patria imaginaria, Bolivia, del futuro, augura la resurrección del inca, la futura revuelta de los indios y de los mestizos y lo hace con tanta precisión que se diría que estuviera asistiendo a la toma de poder de Evola Morales. Son 20 páginas lúcidas, intensas, de las que no puede destacarse nada porque todo ello merecería ser reproducido. Cuando el “hombre a caballo” desciende de su montura, ahí termina el relato. El hecho de que Drieu no nos hable ni del final de “Camila”, ni de lo que hizo “Conchita” después de los hechos, es significativo: sentía que para él la vida había terminado y que la muerte era el fin del mundo… No es, L’Homme à Cheval, una novela optimista pero si un ejercicio estético extremadamente rico en matices.

No sé si hubiera elegido el Titicaca para esa última escena. Tiwanako me pareció mucho más adecuado para un final wagneriano: a la sombra de los monolitos, con la Puerta del Sol a contraluz, con el destrozo generado por el bueno de Oyaldeburu en la pirámide y el desnivel del templete semisubterráneo, hay mucho más misterio allí que en el plácido Titicaca. Fue, por cierto, por el Titicaca, camino de Perú, por donde debí huir cuando terminó nuestro periplo boliviano. A diferencia de Drieu y de “Jaime Torrijos”, no tengo intención de descender del caballo.

Balance de una relectura de El Hombre a caballo y recomendación

Al leer de nuevo la novela he recordado muchas cosas de aquella experiencia. A ello me ha ayudado, sin duda, el libro de memorias de Della Chiaie, uno de cuyos capítulos está dedicado a nuestra aventura boliviana. Nunca entendí porqué a él le marcó tanto. Pero si me ha llamado la atención la descripción que hace Drieu de cómo el manuscrito con la historia que él mismo acababa de relatar llegó a sus manos. Dice: “Mi abuelo sospechaba que este salvaje era sin duda un farsante, no sudamericano sino español de España, refugiado político”. Se refiere a “Felipe” que había terminado viviendo en Paris y fascinado por la Comédie Française y los conciertos. Cabe decir que antes de ir a Bolivia había vivido en París, ciudad que me capturó de tal manera que incluso hoy, no puedo sino retornar a la capital francesa (entre otras cosas para constatar su decadencia que es, a la postre la decadencia de lo europeo). No hay ciudad del mundo en la que lo haya pasado peor y que sin embargo haya dejado en cada uno de los viajes que realicé allí (y que tengo grabados en mi mente de manera indeleble) unos recuerdos tan imborrables.

No somos protagonistas de novelas y resulta peligroso identificarse con ellos. Somos, simplemente, pobres individualidades a caballo de la vida incluso a pesar nuestro. Algunos de nosotros no aspiramos a otra cosa que a mirar el mundo desde la altura de nuestra montura, sin importarnos mucho lo que veamos, convencidos de que todo es “vanidad de vanidades”, o incluso compartiendo con el Buda la verdad de que “nada existe, todo es ilusión”, aspirando a ser simplemente, como escribía Drieu en las últimas paginas “de los que quieren morir con los ojos abiertos”, a la espera de que llegue el tiempo en el que “vayamos muriendo el uno para el otro como para todo lo que amamos” (pág. 216).

*     *     *

Hay solamente dos obras en la literatura francesa del siglo XX que merecen ser leídas y adquirir el rango de “imprescidibles”. Una es El Hombre a Caballo de Drieu (que puede ser pedida a Librería Barbarroja http://www.libreriabarbarroja.com/, telfs. 915332783 Y 687156184). El otro es el Viaje al fin de la noche de Louis Ferdinand Céline (veremos a ver qué editor tiene el valor de imprimir esta obra maestra). Un día de estos la comentaré como hoy he comentado a Drieu. Mejor recurrir a lo eterno que comentar la miseria política, económica y existencial de nuestra patria, allí en donde solamente los políticos y los señores del dinero cabalgan sobre los lomos de los borregos. ¿Quiere un consejo? No sea borrego.

© Ernest Milà – ernesto.mila.rodri@gmail.com



[1] Pierre Drieu La Rochelle, El Hombre a Caballo, La Nave de los Locos, Premiá Editora, México 1981. Distribución en España: Librería Barbarroja, barbarroja@gmail.com