miércoles, 26 de diciembre de 2012

Renovar la idea de España (IV)



6) ¿España con Portugal?

Salvo para los nacionalistas de uno y otro lado de la frontera, las historias de España y Portugal son tan simétricas que podría pensarse que no son dos países sino que sus tribulaciones han ocurrido en el mismo país.

Una de las mayores tragedias de nuestra historia se encierra en la frase “Entre España y Portugal todavía está Aljubarrota”. En efecto, desde 1385, los resquemores entre ambos países han permanecido latentes y a poco que se rascara a uno y otro lado de la frontera hispano-portuguesa han reaparecido a lo largo de la historia de ambos países.

Intermitentemente en la historia han ido apareciendo chispazos unitaristas partidarios de un acercamiento entre España y Portugal. Inútil recordar que en los siglos del nacionalismo estos chispazos han sido extremadamente minoritarios y que la opinión pública de ambos países ha permanecido al margen y de espaldas a dicha idea unificadora. Sin embargo, hoy estamos convencidos de que es lo que se precisa para que ambos países puedan encontrar su lugar en un mundo globalizado e incluso las estadísticas –con todo lo que de falso y deformador de la realidad tienen- parecen demostrar que el ideal iberista goza de una creciente reputación en ambos países. Creemos que es hora de resucitar el IDEAL IBERISTA, revisarlo y adaptarlo a la realidad del siglo XXI.


Lo que saldría de la unión de ambos países es un bloque de 65 millones de habitantes, con una prolongación lingüístico-cultural de 360.000.000 más en el continente sudamericano, otros 45.000.000 en Centroamérica y 116.000.000 en México, lo que da un total de 520.000.000 al sur de Río Grande y de 600.000.000 de habitantes que hablan castellano y portugués en todo el mundo. Este bloque es hoy débil porque desde el siglo XVII ha sufrido constantemente los embates del mundo anglosajón, pero podemos pensar lo que supondría en este momento un bloque de poder de esa magnitud capaz, en primer lugar de animar a los pueblos situados al sur de Río Grande a romper con la hegemonía política, militar y cultural de los EEUU; en segundo lugar, permitiría a la nueva Iberia ser un experimento inédito en la historia del siglo XXI: por una parte, un Estado de vocación europea, con cultura clásica y orígenes comunes con un conjunto de pueblos continentales y, por otra parte, como puente con el subcontinente situado al otro lado del Atlántico.

La búsqueda de un futuro ibérico común reforzaría así mismo su carácter marítimo y su vocación atlántica (que no “atlantista”). Es evidente que una vocación de este tipo implicaría desplazar la capitalidad comercial a Lisboa verdadera atalaya oceánica, manteniendo la capitalidad política en Madrid, más protegida y resguardada. En el siglo XX hemos visto como el Atlántico se convertía en un “mar anglosajón”. Se trata ahora de preparar las bases para que en la segunda mitad del siglo XXI, el Atlántico se convierta en un “mar ibérico”.

Desde Río Grande hasta el estrecho de Magallanes, estamos hablando de un continuum cultural y lingüístico, dotado de población, recursos naturales y tecnología, que forman una de las unidades naturales de la economía post-globalizada. Es preciso prevenir lo que podríamos llamar “desviaciones seudo-románticas” que pueden aparecer en la zona: una cosa es el “ideal bolivariano” que presupone un destino común para todos los pueblos de Iberoamérica, y otra muy distinta el “ideal indigenista” que aspira a restaurar las antiguas cultural pre-colombinas. Vamos a ser claras al respecto: esas culturas estaban prácticamente muertas cuando se produjo la llegada de los colonizadores. No existe continuidad ni transmisión regular entre las antiguas culturas y religiones andinas y los actuales representantes del indigenismo. Lo que hoy se considera “indigenismo” es un subproducto surgido de la agregación de residuos inconexos de las viejas tradiciones, recuperadas y reinterpretadas con mejor o peor fortuna, con sugestiones procedentes del a “new age” y del ecologismo más supersticioso (en donde la teoría de Gea se recombina con el culto telúrico a la Pachamama, en un sincretismo ingenuo cuando no ridículo).

Por otra parte, no hay que perder de vista el elemento étnico. Si en la actualidad se vive en los países andinos una recuperación del indigenismo es porque en Bolivia, Perú o Ecuador éste grupo étnico es el mayoritario, no por lo que pueda aportar en sí mismo. Ya hemos aludido al origen sincrético del actual indigenismo, pero existen también barreras étnicas. Los actuales Estados centro y suramericanos surgieron de la formación de una burguesía criolla, culturalmente arraigada en las mismas tradiciones que las ibéricas, pero que aspiraban a la independencia en la medida en la que siempre que aparece una clase burguesa con fuerza suficiente busca inmediatamente defender sus intereses y ampliarlos contando con un Estado propio. A los estratos originarios andinos la idea de Estado les era prácticamente desconocida. No se trata pues, tanto de defender el “indigenismo” andino (alejado completamente de nuestro horizonte y de nuestra dinámica cultural) o cualquier otra forma de subcultura (macumba, candomble, y restos de religiones africanas llevas al nuevo mundo en los barcos esclavistas, en zonas del Caribe y de Brasil), como de apoyar y sostener las visiones culturales originarias del mundo clásico que fueron trasplantadas a Iberoamérica por los Conquistadores.

Llama la atención que fuera el integralismo portugués el último que propusiera una forma de iberismo que no estaba en absoluto alejada del que al otro lado de la frontera estaba proponiendo Ramiro de Maeztu. El ideal iberista siempre ha fascinado a algunos patriotas españoles y portugueses. Supone, en primer lugar, la fusión de dos viejos reinos históricos que, tras la pérdida de las colonias del siglo XIX que se prolongó hasta el último cuarto del siglo XX, vieron reducidas sus posibilidades históricas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, se evidencia que el mundo “se ha empequeñecido”. Los sistemas de transporte y los avances tecnológicos especialmente en comunicaciones hacen que los desplazamientos de un lado al otro del planeta sean más sencillos. El mismo resultado del conflicto bélico hace que de un mundo multipolar en el que grandes zonas del planeta quedaban fuera del alcance de alguno de los Estados Nacionales imperialistas, se pase a un mundo bipolar y, a partir de la caída del Muro de Berlín, en 1989, se pase a un mundo unipolar. A partir de esos hitos cada vez resultará más difícil que los rasgos de las identidades nacionales no resulten desfigurados y perjudicados.

Hacia principios de los años 60 varios fenómenos contribuyen a la aceleración de la pérdida de soberanía nacional por parte de los pequeños Estados que deben alinearse a un lado u otro de las dos grandes superpotencias. España lo hace del lado atlantista aun sin estar incluido dentro de la OTAN, a donde nos han llevado los pactos firmados por Franco con Eisenhower. Portugal, mucho más directamente fue miembro fundador de la OTAN desde 1949. Pero no fue solamente desde el punto de vista militar, también desde el punto de vista económico, ambos países fueron progresivamente penetrados por sociedades multinacionales que se hicieron con el control de amplios sectores de la economía y, a partir de la democratización, tras la negociación de ambos países con las “Comunidades Europeas” pasaron a formar parte de la actual UE. Cuando eso ocurría, ambos países ya estaban incluidos dentro de la economía mundial globalizada, situados, dentro de la división internacional del trabajo, entre los países de la periferia europea.

A parte de los errores propios de los gobiernos españoles y portugueses, es indudable que la entrada de ambos países en la zona euro y la misma pertenencia a la UE, mientras que por una parte supusieron determinados avances a partir de la llegada masiva de fondos de integración, por otra parte, impidieron la salida de la crisis utilizando los mecanismos que hasta entonces habían sido propios de un Estado soberano.

En el momento de escribir estas líneas lo que se percibe es:

1) Que el Estado Español y el Estado Portugués ya no disponen de la “dimensión nacional” adecuada para afrontar los problemas que derivan de una emancipación de la economía globalizada, ni siquiera para sobrevivir dentro de un marco gobernado por las grandes acumulaciones de capital y la existencia de centros de poder mundial. Son demasiado “pequeños” para resistir a otros Estados e incluso a conglomerados económico-financieros que hoy dictan sus reglas.

2) Que la unión entre ambas naciones y la existencia de una obvia “área de influencia común” en el continente iberoamericano, generación una “nueva dimensión nacional” más acorde con las hechuras de la economía mundial y, por consiguiente, generarían un Estado más fuerte en condiciones de afrontar los desafíos de la misma.

3) Que a la vista de que la Unión Europea ha terminado configurándose como una estructura especialmente beneficiosa para las economías más fuertes de la eurozona (especialmente la alemana y a distancia la francesa), es hora de ir pensando en una alternativa que nos refuerce dentro de la UE, pero que sea capaz de general un “Plan B” en caso de que la UE termine disolviéndose o bien cuando la reiterada lesión a nuestros intereses (como ha ocurrido durante esta crisis) nos obligue a dar por cancelado el pacto de adhesión. Y en una tercera opción: cuando un gobierno digno de tal nombre renegocie los acuerdos con la UE.

Indudablemente, dos países, uniendo sus esfuerzos y su peso, aun siendo periféricos, conseguirían presumiblemente liderar al pelotón de “países de tamaño medio” de la UE, algo que Aznar ya intentó amparándose en el poder extra europeo y antieuropeo de los EEUU. De lo que se trata hoy ya no es de esto, sino de ligar el destino de Europa (con UE o de una Europa reconstruida y regenerada, al destino de otras zonas geográficos pujantes, Iberoamérica. Por que la UE tiene tres opciones:

- O ser un socio de los EEUU, constituyendo el Reino Unido el eslabón de enlace entre ambos lados del océano, con la agravante de que los EEUU quieren solamente una Europa políticamente débil y militarmente aliada. Una Europa fuerte jamás toleraría el estatus semifeudal que siguen teniendo los EEUU en nuestro territorio. Una Europa libre jamás toleraría la presencia masiva de tropas coloniales norteamericanas en nuestro suelo que están aquí para protegernos de un enemigo inexistente. Esta es la opción que hay que rechazar sin contemplaciones: los intereses del mundo anglosajón y los intereses de Europa son distintos, los aliados del mundo anglosajón y los que nos interesan a los europeos no son los mismos. Europa tiene que ser una realidad político-militar autónoma o bien se limitará a ser el escenario de enfrentamientos de los EEUU con quienes les disputan su hegemonía, como ya ocurrió durante el período de la guerra fría.

- O mantener la actual formulación de la UE como una especie de alianza de Estados europeos medianos y pequeños que aceptan la hegemonía económica alemana, un país que antepone sus intereses nacionales a los intereses europeos. Ha sido Alemania la que nos obligó a liquidar nuestra industria pesada, a renunciar a altos hornos y minería, la que liquidó sectores enteros de nuestra economía durante la reconversión industrial y la que, proponiendo acuerdos preferenciales con Argelia, Marruecos, Túnez e Israel está literalmente liquidando nuestra agricultura. No queremos una “Europa Alemana” o, más bien una Europa cuyo destino sea proteger los intereses de las industrias y de los bancos alemanes. Si hoy hay crisis de deuda pública en algunos países europeos se debe a que bancos alemanes y franceses prestaron a los países del sur de Europa de manera irresponsable cantidades que no iban a engrosar los circuitos de la economía productiva sino de la especulativa. Los bancos alemanes han contado con el apoyo del Estado alemán, que ha obligado a los Estados del Sur de Europa a apretarse el cinturón y endeudarse para evitar la quiebra de las instituciones germanas, cuyos errores eran lo que les habían conducido a esa situación. Nunca más un Estado debe de situarse como defensor de la banca que opera en su territorio, ni nunca más otro Estado debe estar obligado a garantizar la seguridad económica de otro Estado cuyos bancos han prestado dinero de manera irresponsable a sus entidades financieras. La Europa-alemana es, en realidad, la Europa de la banca alemana y no podemos sino rechazarla con todas nuestras fuerzas.

- O forjar un polo de agregación de los Estados de tamaño medio de la UE (y nos estamos refiriendo a Iberia) capaz de hablar de tú a tú al Estado Alemán. Esa Iberia debería plantear al Reino Unido cuál es su situación: por Europa o contra Europa, por el mundo anglosajón junto a los EEUU o por el mundo europeo con los europeos, a la vista de que ambas actitudes son incompatibles y sospechosas de deslealtades y traiciones. Esa Iberia debería de estar en condiciones de poner sobre el terreno la alianza con Iberoamérica para plantear una nueva estrategia en una UE desenganchada del a tutela norteamericana y en la que la disolución de la OTAN marque el primer tiempo: mano tendida y alianza con Iberoamérica y con Rusia, contención con el mundo árabe, tutela sobre África negra, distanciamiento del proceso de quiebra de los EEUU y, por supuesto, propuesta de una defensa europea común capaz de garantizar la seguridad en la marcha hacia esos objetivos político-económicos.

La historia se forja a través de grandes proyectos. La fusión entre dos naciones históricas supone una acumulación de experiencias y la formación de un bloque de poder capaz de operar como revulsivo, no solamente en Europa, sino en toda nuestra área cultural de influencia. Para salir de las grandes crisis históricas son precisos los grandes proyectos que vayan más allá de donde la historia se ha detenido o se ha torcido.

La recuperación del ideal iberista es acaso la más afortunada reflexión que nos impone la crisis económica. Se trata de una reunificación, no de una fusión sin base histórica. Hasta la invasión árabe no hay datos históricos que justifiquen la separación. Bajo los reinados de Felipe II, Felipe III y Felipe IV, entre 1580 y 1640, ambos países eran uno y alumbraban el mayor imperio civilizador después del Imperio Romano.

A nadie se le escapa el carácter oceánico de una fusión de este tipo que incluiría a las Azores, a Madeira y a las Canarias, pero también a las ciudades de Ceuta y Melilla y a un mapa autonómico español simplificado, reordenado y nacionalizado, reducido a Galicia, la Comunidad Vasca, Aragón, Cataluña, Levante, Andalucía y Castilla (que incluiría a las dos actuales Castillas, a Madrid, Rioja, Cantabria, Murcia, Navarra, Asturias y Extremadura).

La reunificación con Portugal sería también la ocasión de transformar a la desgastada e inerte monarquía española en un régimen presidencialista y unicameral. La cuestión lingüística es más fácil de resolver con Portugal (en donde está clara la lengua) que con las autonomías españoles (en donde coexisten dos identidades diferenciadas y por tanto de lo que se trata es de que cada una de ellas tenga el acceso a la educación en la lengua de su elección y que los organismos autónomos del Estado garanticen la igualdad de esas dos identidades.

La reunificación supondría al mismo tiempo la creación del segundo espacio geográfico más amplio de la UE (después de Francia) y el cuarto mayor de Europa (tras Francia, Rusia y Ucrania). Dada la actual población de ambos países, la reunificación supondría el alcanzar un peso similar al de las mayores países de la UE (Francia, Alemania y el Reino Unido) y, por tanto, nos corresponderían 78 escaños en el Parlamento Europeo.

En la actualidad y según una encuesta de 2010 realizada por la Universidad de Salamanca, el 40% de los españoles y el 46% de los portugueses se muestran partidarios de una federación de este tipo. Sin olvidar que en la actualidad la inmensa mayoría de españoles y de portugueses conocen sus respectivos países y están vinculados por lazos de amistad e incluso familiares. Inútil recordar que la crisis económica nos ha deparado el mismo triste destino de endeudamiento público y que estamos afrontando una situación extremadamente difícil que lo sería menos con el efecto galvanizador dado por una reunificación que pondría en marcha fuerzas creativas que hasta ahora han permanecido ocultas o en estado de latencia.

Finalmente, lo que aspiramos a transmitir es que una revisión del futuro de España pasa necesariamente por abordar de nuevo handicaps históricos que permanecen el suspenso desde hace siglos. Dicho de otra manera, la revisión del futuro de España, no puede ser más que el de una convergencia con Portugal.



(c) Ernesto Milá - ernesto.mila.rodri@gmail.com