miércoles, 26 de diciembre de 2012

Renovar la idea de España (V)



Info-krisis.- Terminamos la serie sobre la "renovación de España" con estos dos capítulos que, a pesar de ser difíciles de abordar, polémicos y conflictivos, tienen una importancia crucial para agotar la temática: ambos capítulos aluden al catolicismo en España, a su presente y a su futura, así como a las orientaciones culturales necesarias para una reconstrucción nacional.

7) Iberismo y catolicismo

En otro tiempo hubiera sido posible decir que el Iberismo, a ambos lados del Atlántico, sería “católico”. Pero hoy eso es ya imposible y no sería razonable partir de una base falsa como trampolín para la regeneración nacional. La pérdida de influencia de la Iglesia Católica, su fragmentación en distintos grupos interiores (Opus Dei, Comunión y Liberación, neocatecumenales, legionarios de Cristo, Yunque, etcétera, etcétera) que han sustituido lo que representaba la tradición de las viejas órdenes religiosas (benedictinos, franciscanos, dominicos, jesuitas) invadiendo los espacios hasta ahora reservados al clero diocesano (que han podido ocupar por la debilidad creciente de éste y la falta de vocaciones), el desmantelamiento de los ritos y de la liturgia que tuvieron lugar después del Concilio Vaticano II, la renuncia a las propias tradiciones y el no haber estado en condiciones de encabezar una respuesta “espiritual” a la ofensiva del materialismo moderno, todo ello ha hecho que le Iglesia española haya perdido en los último 50 años la mayor parte de su capital humano y que ni siquiera esté asegurado el reemplazo en los seminarios que garantizaría la preparación constante de “pastores” para la Iglesia. El hecho mismo de que en los conventos femeninos la inmensa mayoría de miembros sea de origen asiático o africano, indica a las claras el nivel de descomposición en el que se encuentra la Iglesia española. Ni siquiera la llegada masiva de inmigrantes andinos ha reforzado, como creían inicialmente desde la jerarquía, al catolicismo español sino que ha servido para reforzar precisamente a las sectas religiosas evangélicas y a las confesiones protestantes mucho más que al catolicismo local (lo que, por lo demás, demuestra así mismo la crisis del catolicismo iberoamericano que no ha podido soportar la desmovilización que supuso la teología de la liberación en los años 70-80).


Pensar que el catolicismo puede volver a ser el eje en torno al cual se polaricen fuerzas para reemprender una reconquista espiritual y material de España y para alumbrar los caminos de su reconstrucción, supone hoy una forma de idealismo que jamás podrá concretarse: puede ser que satisfaga a los católicos y a su particular visión de la vida, pero no desde luego a los que no tienen la fe en la doctrina de la Iglesia. El ciclo de la Iglesia Católica parece haberse agotado y no se ve de que manera podría reactualizarse y recuperar una iniciativa que perdió desde principios de los años 60 incluso en España.

Por otra parte, es preciso negar un error habitualmente presente en las concepciones que se han forjado de España desde el último tercio del siglo XIX: España no empieza con la conversión de Recaredo, es decir, con el momento en el que el Reino Visigodo de España empieza a ser formalmente católico. España (Hispania, Hesperia) es preexistente a la aparición del cristianismo, se inicia cuando con los primeros pobladores de la península que si bien no pudieron tener jamás la conciencia de la nacionalidad, si, al menos, eran vistos desde fuera de la península como un conjunto de pueblos con destino común. Y, por lo mismo, España sobrevive a la desaparición del catolicismo como fuerza hegemónica en la cultura española (lo que ocurrió progresivamente a partir de principios de los años 60). Reducir la historia de España al catolicismo es acotar un segmento de una línea histórica mucho más amplia.

A este respecto, vale la pena recordar que España se desangró en defensa de la fe y en su difusión en el nuevo mundo en los siglos XVI-XVII. Si el Imperio Español es radicalmente diferente del británico es precisamente porque estuvo propulsado por la difusión del ideal de la catolicidad, mientras que el británico no fue nada más que la búsqueda de un área de expansión y de aprovisionamiento para la Compañía de Indias; una iniciativa, en primer lugar, económico-comercial. Pero en aquellos siglos ¡Había una Iglesia que defender! ¡Había una liturgia que practicar! ¡Había un pueblo que tenía una fe unánime que lo unificaba! Nada de todo esto existe hoy; en su lugar tenemos confusión doctrinal, caos litúrgico, seminarios vacíos, sectas disputándose el favor de los fieles de a pie, desviaciones humanistas-universalistas en las jerarquías, confusión la ayuda a los menesterosos y la aceptación acrítica de la inmigración como hecho consumado, el silencio de la Iglesia ante el Islam, el olvido del hecho fundamental de que el marco del catolicismo ha sido Europa y el ámbito de influencia creado por los pueblos europeos, para considerar una expansión misional por Asia y África especialmente en donde la Iglesia crece con más rapidez, olvidando que hoy Europa es “tierra de misiones” y eludiendo la debilidad estructural de las comunidades católicas allí creadas, la sensación de que el Vaticano se ha enrocado en una serie de temas en materia de sexualidad (especialmente su obsesión por el “creced y multiplicaros” y su rechazo a cualquier método contraceptivo, cuando resulta evidente que un crecimiento exponencial de la población es imposible y que el planeta está superpoblado especialmente en alguna zonas), su moral sexual que considera el gozo sexual y erótico como una forma pecaminosa y que solamente puede ejercerse, como mal menor, de cara a la paternidad… todo esto hace que la Iglesia perdiera en el Vaticano II su ocasión para “ponerse al día” y que progresivamente esté perdiendo influencia en Europa y ganándola en la periferia, en zonas en donde no puede competir con las religiones tradicionales (budismo, confucianismo, taoísmo, brahamanismo) o bien puede extenderse a condición de relajarse a sí misma y de mirar a otro lado ante las constantes antropológicas y culturales que en África negra, al menos, son las más inapropiadas para la difusión del catolicismo romano.

El catolicismo ya se ha contraído demasiado en España como para pensar que pudiera ser tomado como punto de apoyo para un renacimiento nacional, como ocurrió en otro tiempo. Hace falta ser realistas y no mezclar los delirios místicos (del tipo de “la Iglesia es eterna y por tanto reverdecerá de sus crisis”) con las realidades operantes aquí y ahora. Esto puede constituir un motivo de desesperación para un católico que considera que la historia de España y la del catolicismo están indisolublemente unidas: en ese caso habría que aceptar que la crisis de España es la crisis del catolicismo romano… pero el problema es mucho más profundo.

Vale la pena recordar que cuando murió Franco solamente tres obispos de la Conferencia Episcopal se situaban en posiciones tradicionalistas y esto después de 35 años de que el régimen apoyara y priorizara a la Iglesia. Sin olvidar que Paulo VI pidió en repetidas ocasiones el indulto para condenados por el franquismo y que las iglesias se convirtieron en los principales focos de oposición al franquismo desde mediados de los años 60. La conducción política de un país no puede depender de la salud o de las patologías que se hayan generado en el Vaticano. Mejor defender una fe que el materialismo o el nihilismo, evidentemente, pero el Estado no puede comprometerse con una fe en crisis que ya representa no a la totalidad del pueblo español sino a una minoría (la que va a misa todos los domingos, los únicos que, efectivamente, merecen el nombre de “católicos”) y que, para colmo, hace causa común en el País Vasco y Cataluña, con movimiento independentistas (haciendo además abstracción de que los nacionalismo regionales se expandieron en el último tercio del siglo XIX desde las sacristías y los púlpitos). A partir de ahora, la reconstrucción del patriotismo español ya no puede realizarse sosteniendo que la Iglesia y España caminan en paralelo, sino reconociendo el hecho consumado e inasumible de que la Iglesia está en crisis y que España ya no puede defenderla porque ni siquiera está claro hacia a dónde quiere caminar esa misma Iglesia.

Podría suponerse que la irrupción del Islam y su inquietante presencia en el interior de Europa podrían dar lugar a una nueva “guerra de religión” y, por tanto, sería necesario apoyar “lo nuestro” frente a lo que ha llegado del desierto. Es evidente que en los próximos años el Islam será la religión más seguida en Francia, en el Reino Unido, en Bélgica, en Holanda y seguramente en Alemania. Eso demuestra la vitalidad del Islam y el hecho de que se apoye especialmente en los sectores étnicos procedentes de la inmigración y no haya podido penetrar en los sustratos étnicos europeos originarios, evidencia que más que una guerra de religión estaremos ante un conflicto étnico-social. 

Conocemos la doctrina de Charles Maurras según la cual el catolicismo ofrecía para Francia el “mito movilizador” para asegurar su unidad nacional. Pero Maurras escribía estas ideas hace 100 años, cuando el catolicismo francés (mucho más militante que el español, por cierto) estaba vivo y activo a pesar de todos los intentos de laicización de la sociedad operados desde 1789 de manera extremadamente sangrienta. Hoy, la situación es completamente diferente: en Francia existe el mismo nivel de desertización parroquial que en España. En las regiones de la periferia francesa los pocos sacerdotes que quedan, la mayoría con una edad superior a los 60 años, deben realizar periplos itinerantes por parroquias de distintas poblaciones en las que ya no quedan sacerdotes con qué regentarlas. Una vez más, el problema del catolicismo es de pastores para dirigir la grey. Pero nosotros, un movimiento político de reconstrucción nacional ya no puede hacer nada para resolver la crisis de la Iglesia. Solamente disponemos del Estado y de nuestra voluntad para afrontar ese proceso. No se puede contar con que la Iglesia haga algo más que intentar defender sus propios intereses y que, ni siquiera esto lo haga de manera unitaria sino que serán las distintas “sectas” en las que está hoy dividida la Iglesia las que asumirán la defensa de sus intereses de parte. Y, hay que decirlo, los intereses de esas sectas no tienen absolutamente nada que ver con el interés nacional.

Por tanto, los tiempos han cambiado: la defensa de España ya no se identifica ni remotamente con la defensa de una fe que solo permanece viva y es practicada por una minoría (y para ello solamente hace falta ir a la puerta de las iglesias y ver el número de los que acuden a los oficios religiosos). Mientras algunos patriotas sigan bloqueados por esa idea, supeditando la defensa de la patria a la defensa de la Iglesia eludirán la realidad: que la Iglesia está en crisis y que solamente compete salvarla a las jerarquías de la misma, pero que la crisis de España puede –y debe ser- afrontada por la voluntad de los patriotas: CATÓLICOS O NO.

Es más, cabe preguntarse si hoy la defensa de los intereses del catolicismo coincidiría con la defensa de los intereses de la Iglesia. Ya hemos visto como, mientras el franquismo seguía defendiendo la unidad de intereses del Estado y de la Iglesia (algo que beneficiaba extraordinariamente a la Iglesia), ésta, por el contrario, declaraba por activa y por pasiva, que Estado e Iglesia eran “independientes”. Mientras Franco consagraba a España al Sagrado Corazón, la Iglesia miraba a otra parte y prefería no pronunciarse porque los vientos que soplaban en aquella época eran laicos y la Iglesia había decidido apoyar políticamente sólo a las democracias-cristianas. Franco fue, en todo esto, más papista que el Papa… y el resultado fue que en septiembre de 1975, el Vaticano hizo causa común con la oposición antifranquista. Hay que recordar que, durante la transición solamente Fuerza Nueva y, más en concreto, su líder, Blas Piñar, sostuvo una posición explícita de defensa de la doctrina de la Iglesia desde un punto de vista tradicionalista. El pago fue que la Conferencia Episcopal, no solamente le desautorizó sino que se situó en las antípodas. Para colmo, las luchas entre católicos oficialistas y católicos tradicionalistas provocó escisiones interiores en el partido piñarista. Una vez más, como en la II República, la iglesia con su apoyo al “caballo ganador” (primero a la CEDA y luego a la UCD) prefirió la real-politik a apoyar a los sectores más combativos y decididos a una defensa de la fe y a una regeneración nacional. Estos ejemplos históricos recientes son suficientes como poder afirmar tajantemente: nunca más el patriotismo español se desangrará en defensa de otro ideal que no sea el sagrado ideal de la patria; nunca más el patriotismo español se basará en los principios de un pasado católico para eludir la realidad del presente en el que el catolicismo ha perdido la hegemonía religiosa en beneficio del indiferentismo; nunca más la historia de España se reducirá a la historia de la “España católica”: España es mucho más que eso. Hispania, Hesperia, Iberia, han existido antes que la Iglesia y presumiblemente seguirán existiendo cuando la Iglesia se extinga al acabarse un ciclo que, obviamente, ya está tocando a su fin.

Es preciso, pues, como exigencia para la reconstrucción y la regeneración nacional, tomar un mito movilizador más allá del mito religioso católico. Hace falta establecer cuál será ese mito movilizador a la altura de los tiempos. Mito laico o mito religioso, lo importante es que tenga capacidad de movilización, que suponga un revulsivo con suficiente potencial movilizador como para alumbrar la nueva página de nuestra historia y que esté a la altura del tiempo nuevo, del siglo XXI y de lo que vendrá.

7) ¿Qué enfoque cultural?

La evidente pérdida de peso del catolicismo en la sociedad española se evidencia en la medida en que su crisis empieza justo cuando la cultura americana penetra a raudales en España, esto es, a principios de los años 60. Esta fecha hay que situarla un lustro después de la firma de los acuerdos de cooperación militar con los EEUU, en la primera parte del Concilio Vaticano II y cuando se inicia el cambio en las costumbres (irrupción del pop, de la minifalda, de la píldora anticonceptiva y de la ideología de la “liberación sexual”). Es, además, en la década de los 60 cuando el turismo se convierte en una gran “industria” nacional y produce un doble efecto: de un lado, España debe de adaptarse a los gustos de estos flujos turísticos y de otro esa riada extranjera que desembarca en España modifica sustancialmente los hábitos y las costumbres de los españoles. A pesar de que la inmensa mayoría de turistas sean europeos, este fenómeno y los cambios en la sociedad española y occidental, lo que han conseguido que se implante aquí es la cultura americana especialmente en la industria del cine (la de mayor impacto en aquel momento). Cuando Franco agoniza en El Pardo, España es culturalmente una colonia norteamericana. En las décadas que seguirán este estado de dependencia aumentará en todos los terrenos agravado por la desaparición efectiva de cualquier barrera. Cuando se habla de globalización cultural lo que se universaliza es precisamente la cultura generada en los EEUU. El hecho de que el sistema educativo español haya entrado en quiebra y que la clase política dirigente sea perfectamente consciente de que se trata de amputar en las nuevas generaciones la capacidad crítica, redunda en la miseria cultural de nuestro pueblo.

Pero la historia indica que un Estado no es verdaderamente independiente si carece de unas señas de identidad propias. La independencia indica un cierto grado de autonomía cultural y la existencia de un caldo de cultivo lo suficientemente rico en nutrientes como para que florezca una vida cultural propia sobre la que repose la identidad nacional. El hecho mismo de que los nacionalismos periféricos inicien su trabajo especialmente en el terreno de la cultura (la frase de Pujol en los años 60, “primero hacemos país, luego ya habrá tiempo de hacer política”, es significativa de esta voluntad, así como el énfasis puesto por la Generalitat en apoyar y apuntalar económicamente cualquier muestra, por raquítica que sea, de cultura catalana) es significativo de la importancia que atribuyen a este fenómeno. No hay nación fuerte, libre e independiente sin una cultura igualmente fuerte que se proyecte sobre un pueblo con un nivel cultural medio que sea aceptable. Nada de todo esto existe hoy en España, por tanto, no es raro que las sombras más siniestras se ciernan sobre nuestro futuro.

Así pues, el terreno cultural es un terreno preferencial de acción si lo que se aspira es a un enderezamiento nacional y a superar una crisis varias veces centenaria. Hasta ahora, era evidente que cualquier alusión a esta temática implicaba casi necesariamente el recurrir al catolicismo; a la pregunta de ¿qué tipo de cultura era preciso afirmar y difundir en España? La única respuesta posible hasta mediados de los años 60 era, “la cultura católica y la inspirada por el catolicismo”. Ahora, las cosas ya no están tan claras. Basta ver los contenidos de los canales de TV católicos para percibir hasta qué punto la perspectiva cultural es limitada y condicionada por una fe que ya no dice nada a la mayor parte de los ciudadanos. Sin entrar en discutibles contenidos sobre la gestión pasada de la Iglesia, ni en las conveniencia políticas actuales del Vaticano que hacen, acaso más odiosos, algunos de los contenidos de estos canales.

Es evidente que el catolicismo impregnó profundamente a la sociedad española. Haría falta preguntarse también hasta qué punto algunos de los temas del catolicismo no han influido negativamente en la construcción de España: nuestro país se desangró en defensa de la fe y no siempre lo que convino al Vaticano convenía a España, especialmente en los siglos del Imperio de los Austrias.

Por otra parte, es indudable que, salvo en materia de sexualidad y de aborto, las orientaciones de la Iglesia han ido cambiando con el paso del tiempo. Si en otro tiempo, la Iglesia supo alumbrar el camino de la aristocracia armada en las Órdenes de Caballería, si bien dispuso de Órdenes Monásticas capaces de mantener y albergar en sus salas de copistas y en sus bibliotecas lo esencial de la cultural clásica greco-latina, si bien inspiró la organización de la sociedad urbana en las Órdenes Gremiales, y a cada uno de estos estamentos les dio valores y funciones propias, con la crisis de la Reforma todo esto entrar en crisis: el catolicismo se cierra en sí mismo para afrontar la batalla con los protestantes, en Trento el dogma se impone a cualquier otra consideración, se diría que, a partir de entonces el catolicismo se vuelve cada vez más rígido y apoyado en una serie de principios indiscutibles e indemostrables que se exasperan en el siglo XIX con el dogma sobre la infalibilidad del papa y la dogma sobre la Inmaculada Concepción que terminan generando pequeñas convulsiones en la iglesia holandesa y en la centroeuropea. Esta tendencia a valorizar el papel de la Virgen ha proseguido en el siglo XX (en 1950 Pío XII aprueba el dogma de la “asunción de María” y el Concilio Vaticano II revalorizó el culto a Maria) a pesar del papel efectivo de la Virgen en los Evangelios.

Ramiro Ledesma en su Discurso a las Juventudes de España aludía a los últimos 200 años de fracasos -hoy cabria hablar de 277 años, pues no en vano hay que añadir a la “pirámide de fracasos” descrita por Ledesma, el que supuso el fracaso final del franquismo que no pudo prolongarse en la historia de España constituyendo una especie de interregno entre dos formas de partidocracia y, por supuesto, el fracaso de la constitución de 1978 que ha sido responsable de sumir a nuestro país en la crisis política, económica, social, cultural y demográfica más grave de nuestra historia, facilitando el proceso de centrifugación nacional- si tenemos en cuenta que los primeros rastros de crisis nacional ya pueden encontrarse en las novelas picarescas del Siglo de Oro y en la aparición de lo que Machado llamó “el macizo de la raza”, podemos concluir que extinguida la Reconquista y sus ecos e iniciada la colonización de América, los primeros Austrias no estuvieron en condiciones de dar a España un destino histórico capaz de proyectarse en el futuro. Tuvieron mucho más de Alejandro Magno que de César, cuando éste último fue perfectamente consciente de que los límites del Imperio Romano era el estanque mediterráneo y las posiciones que garantizaban su dominio, mientras que Alejandro, de batalla en batalla fue estirando sus líneas de aprovisionamiento y forjado un Imperio tan amplio como frágil e imposible de defender. Los Austrias, obsesionados con mantener las posiciones en Flandes en defensa de la fe, fueron desgastando el capital humano de nuestro país, agotando los recursos que lograban salvar a la flota inglesa y a sus sucursales piráticas en una lucha sin futuro de la que lo único que queda es el heroísmo de los Tercios y la leyenda negra urdida por nuestros adversarios. La sociedad de los siglos XVI y XVII seguía en gran medida las pautas de la edad media, su patriotismo se expresaba con la fidelidad al rey y a su honor, sus decisiones eran seguidas aunque no siempre entendidas, ni acaso compartidas. El momento en el que aparece el machadiano “macizo de la raza” (la apatía del pueblo español ante cualquier problema incluidos sus propios problemas) es precisamente ese: justo el momento en el que la población no entiende esa obstinación de los Austrias en defender las posiciones en Flandes y su participación en las guerras de religión, sin duda por que existía una dicotomía entre las posiciones de los Habsburgo y los sentimientos de la población. En un momento en el que no existían telecomunicaciones y la información circulaba difícil y trabajosamente, podemos pensar lo que suponía para la población contribuir al esfuerzo de estas guerras de religión. La España real y la España oficial empezaban a distanciarse. El honor del monarca y la fidelidad que el pueblo le tributaba siguió en pie hasta el final de la dinastía, pero era inútil crearse falsas ilusiones sobre lo que experimentaba un pueblo que permaneció en el subdesarrollo hasta bien entrados los años 50 del siglo XX y que fue quedando retrasado en relación a otros pueblos europeos.

No estamos interesados en realizar una crítica a la doctrina de la Iglesia, no solamente porque esta compete solamente a los católicos, sino porque el peso de la Iglesia ha disminuido tanto en España que va a ser difícil que tenga un papel efectivo en un enderezamiento cultural del país. Por otra parte, es preciso reconocer que si en algún momento de nuestro futuro el catolicismo recuperara la iniciativa cultural, el nivel de indiferentismo religioso de nuestro país le impediría jugar un papel verdaderamente relevante más allá de sus muros cada vez más altos.

Es evidente que un enderezamiento cultural de nuestro país no puede realizarse de espaldas al cristianismo, religión que hasta no hace mucho, ha sido el eje central de la historia de España durante un ciclo, no se trata de romper con los valores que han sido asumidos incluso por nuestros padres, pero tampoco se trata de seguir a la Iglesia en su pendiente.

La Iglesia se apoya en dogmas, pero los dogmas son solamente útiles cuando se cree en ellos, creencia que es apuntalada por la fe, un impulso irracional del alma que predispone a esa creencia. Quien no tiene fe, no cree en el dogma y quien no cree en el dogma no puede asumir los rasgos de la cultura católica. Eso ocurre hoy a la mayor parte de nuestro pueblo que, bautizada o no, permanece al margen del adoctrinamiento de la Iglesia y de espaldas a su culto.

Así pues, hay que partir de otras bases y reconocer que nuestra cultura históricamente ha sufrido distintas influencias: en primer lugar la influencia del mundo clásico llegada con griegos y romanos, en segundo lugar la influencia del mundo germánico llegada con los visigodos, sin olvidar que antes, los sustratos originarios de la población compartían una visión del mundo común a todo el paganismo antiguo. Y, por supuesto, existió una influencia del catolicismo y, no solamente del catolicismo sino también de sus disidencias pues no en vano, España fue tierra de disidencias dentro mismo del catolicismo, mucho más que “país de las tres culturas”.
Dicho de otra manera: de lo que se trata es de realizar un retorno a las raíces de la Hispaniae eterna y no solamente rescatar la España católica, en la medida en que el destino de esta segunda depende de la evolución general del catolicismo vaticano (y no se puede ser muy optimista respecto a ello), mientras que la primera implica un viaje a las profundidades de nuestro pasado ancestral y de las influencias histórico-culturales que han hecho a nuestro país.

Hace falta establecer los valores sobre los que puede reconstruirse y regenerarse la idea de España. Uno de ellos es sin duda la fidelidad a nuestra tradición histórica en sentido amplio y en absoluto restringido a un período concreto de la misma. Pero “tradición” implicaría arcaísmo si no estuviera acompañada de dos esfuerzos: uno la incorporación de lo que podemos llamar el “espíritu prometeico” y de otro la actualización de esa tradición.

Entendemos por espíritu prometeico el esfuerzo por alcanzar permanentemente las nuevas fronteras de la ciencia. No hay que tener miedo al avance científico, sino tan solo planificarlo y abordarlo implacablemente. Eso implica: imaginación, audacia, capacitación y recursos. Implica, por tanto, un nuevo sistema educativo y una exigencia de esfuerzo a todas las generaciones. Desde el ingreso de España en la OTAN y en las Comunidades Europeas (hoy UE), hemos perdido algo más de un cuarto de siglo en el que al “que inventen ellos” se unió a la “sopa boba” que fueron durante veinte años la llegada masiva de fondos reservados. Este período concluyó en 2006 coincidiendo precisamente con el estallido de la burbuja inmobiliaria: el “que inventen ellos” había confluido con la llegada de la economía especulativa y la minusvaloración de la productiva. Ese tiempo perdido ya no volverá, ahora toca, simplemente, recuperar el tiempo perdido en un momento en el que la historia avanza a mucha más velocidad que en cualquier otro momento.

En economía ha llegado el tiempo de la planificación, del mantenimiento del rigor y de la austeridad para todos los grupos sociales, especialmente para los que más tienen. También aquí ha llegado el tiempo de la implacabilidad y del rendimiento de cuentas. El período en el que cada ciudadano se desentendía del resto de la comunidad, simplemente porque la erosión a que la clase política había sometido a esa misma sociedad, beneficiando su proceso de atomización y la desintegración de la sociedad civil, ese período ha concluido. El período en el que partidocracia, amparándose en la “libertad de expresión y organización”, creaba estructuras mafiosas que a nadie representaban  y que sólo beneficiaban a la cúpula de los partidos, ese período también debe terminar. El tiempo en el que la “España real” camina hacia una dirección y el de la “España oficial” iba hacia otro, debe ser definitivamente enterrado. El tiempo en el que el ideal más alto que podía concebirse era el desgastado “libertad, igualdad, fraternidad” que servía como excusa para las peores exacciones y las más criminales corruptelas, debe de ser superado. No en vano estamos hablando de un tiempo nuevo en el que imaginación, audacia y voluntad deben ser los elementos motores de la sociedad a partir de un sistema educativo remodelado para insertarlos.

En una España como la actual en la que la centrifugación, el desorden, el desgobierno y la corrupción se han convertido en el resultado de la constitución de 1978, la primera idea que debe presidir una regeneración es la de Orden. El Orden es la garantía de la seguridad y sin seguridad no es posible el ejercicio de ningún derecho humano, por tanto la seguridad es el primer derecho humano y supone la aplicación en lo contingente de un principio superior de carácter metafísico: el Orden. El Orden supone articular todo el conjunto de una comunidad en torno a un principio que constituye la referencia primera y superior. Ese principio debe estar presente en todos los ciudadanos y especialmente en su clase dirigente, debe de transmitirse desde todas las instituciones y especialmente desde la educación y desde la tarea de gobierno. Ese principio no puede ser otro que el del patriotismo social: la construcción de una patria para todos los españoles en el interior de la cual todos los ciudadanos tengan acceso a una vida digna, tengan la seguridad de que entregarán a sus hijos una patria mejor de la que han recibido y estén imbuidos de la idea de regeneración, reconstrucción.

Pero no hay Orden sin Autoridad. España precisa que se restablezca el principio de Autoridad, pero hace falta definir que Autoridad estamos hablando. La Autoridad implica casi necesariamente “complementareidad”: los que la ejercen deben tener capacidades superiores a aquellos a los que se les impone. Cuando eso ocurre, y cuando quienes obedecen a la Autoridad son perfectamente conscientes de sus limitaciones, es cuando se impone de manera natural la idea de que unos son complemento de los otros. La Autoridad supone una capacidad de dirección, un carisma y una entrega propias de quien da mucho y exige poco. Platón concebía casi de manera sacerdotal a la clase política dirigente que, prácticamente, debía hacer “voto de pobreza”, es decir, de renuncia a la acumulación de riquezas en el ejercicio de su cargo. Para Platón, el mejor gobierno era aquel que era ejercido por profesionales de la política que entendían esta casi como si se tratara de un sacerdocio. No servían a Dios, servían al Estado, eso implicaba la mayor de las lealtades, la dedicación constante y la renuncia a cualquier prebenda o beneficio personal. En una situación en la que en España se ejerciera la verdadera Autoridad, ninguno de los altos cargos del Estado tendría exención de responsabilidad jurídica como hoy ocurre con la monarquía, ni haría falta que sus “pares” (otros diputados) votaran sobre si se le mantiene o no su inmunidad parlamentaria. Los servidores del Estado y de la Sociedad deben estar constantemente expuestos a la crítica por su gestión y a pagar inmediatamente y de la manera más dura por sus errores, omisiones o responsabilidades. No en vano cuando cometen alguna de estas faltas no lesionan los intereses de un particular, sino los de toda una Comunidad e incluso los de las generaciones que están por venir y que tienen en el Estado a su garante a pesar de no haber todavía nacida. Lesionan igualmente los intereses y los derechos de las generaciones que ya han desaparecido.

La Autoridad se articula en distintos niveles de preparación que construyen un sistema jerárquico. En España ha desaparecido casi completamente la noción de jerarquía, se ha desarticulado y se ha invertido: es frecuente que en el propio Estado y en sus instituciones, pero también en empresas y universidades, la autoridad esté en manos, no de los mejores, sino de los más oportunistas, de quienes han sabido escalar sin principios por la pirámide social, los más inútiles, los más ambiciosos y, obviamente, los más psicópatas. Hemos construido un modelo de sociedad en el que al sujeto más “competitivo” se le exigen las mismas cualidades que al psicópata clínico: capacidad para la adulación, para la mentira, ausencia completa de escrúpulos, encanto superficial, creencia en que sus intereses son los primero y lo único a defender, etc. Lo pero en estos momentos en España, no es que la noción de jerarquía –articulación racional de los distintos niveles de Autoridad en una todo armónico en el que unos escalones superiores complementen a los inferiores- haya desaparecido, sino que se ha invertido. Si hubiera desaparecido completamente se habría producido un estado de anarquía que, al menos, hubiera hecho que las jerarquías naturales se reconstruyeran de manera espontánea, pero lo que ha ocurrido es que se ha impuesto un modelo de organización social cada vez más rígido en el que utilizando ciertos tópicos (“democracia”, “consultas populares”, “derechos humanos”, “constitución”, “libertades”, etc, etc) para afirmar su poder e impedir que emerja cualquier otro.

España hoy precisa que se restablezca la Autoridad en todos los niveles de la sociedad: en el Estado y en todos sus niveles administrativos, en las familias, en todos los niveles de la enseñanza, etcétera. E incluso, es preciso que conceptos similares a Autoridad o que implican cierto grado de Autoridad se restablezcan, especialmente el concepto de “respeto”: en los negocios, en los suministros, en las relaciones sociales. Una reforma social de este tipo no puede llevarse adelante sin un cambio radical en el estilo de vida de las gentes y en los mecanismos educativos y no puede salir más que de un proceso revolucionario en el que una minoría audaz logre arrastrar a una masa de población hacia sus posiciones, se haga con el poder e imponga estos principios con mano de hierro hasta que hayan calado en toda la sociedad.

Se engaña quien crea que hoy las cosas pueden cambiar en nuestro país mediante “consensos” y “reformas”. La Constitución de 1978 y lo que ha ocurrido durante las décadas en las que ha regido los destinos de este país, ha desarticulado completamente a la sociedad: ha acentuado las características implícitas en el “macizo de la raza” (individualismo, repliegue a lo personal, desinterés por la cosa pública, apoliticismo, banalización, pasividad, ausencia de espíritu crítico, hedonismo como único valor y mediocridad generalizada) y ya no es posible rectificar la marcha de la sociedad mediante pequeños parches, sino que es toda una obra de ingeniería la que hay que aplicar y en todos los terrenos. Por eso, lo que hace falta en España no es una “reforma”, sino una Revolución, entendiendo “revolución” en su significado etimológico: re-volvere, volver de nuevo al punto originario.

Esta Revolución en buena medida debe ser “cultural”. Es imposible pensar solamente que una reforma política o una revolución que se centre en el terreno político pueden lograr un efectivo cambio de rumbo en la sociedad. Las causas que han llevado a España a la situación de postración actual son profundas y anidan incluso en el subconsciente de la población y no será sino excavando más profundamente todavía en el terreno como lograrán arrancarse las raíces de nuestros males que, especialmente, afectan a la forma de ver la vida que, con Machado, sabemos que constituyen el “macizo de la raza”. Pues bien, ese “macizo” hay que desmantelarlo golpe a golpe, desmenuzarlo, destrozarlo, pasarlo por el tamiz, para que de esa tierra fértil que es nuestro pueblo, se rompan los bloqueos y los obstáculos que impiden un crecimiento normal.

Armados con estos principios será preciso que una revolución cultural aborde sobre todo la lucha contra el modelo cultural de importación que nos ha llegado de EEUU y sobre el cual se apoya la agónica dominación americana. Hoy los EEUU son una potencia militar decadente que ni siquiera ha sido capaz de vencer a unos cabreros en las montañas afganas y a la resistencia iraquí. Es la misma potencia militar que tardó más de diez años en comprender que había perdido la guerra del Vietnam y solamente unas semanas en entender que Sudán iba a ser algo más que un paseo militar retransmitido por la TV. Desde hace más de 70 años la estrategia militar americana se concentra en bombardeos a gran altura, ataques a distancia, evitando lo más posible el choque directo con la infantería. Cuando el contacto directo entre infante e infante se ha producido, el ejército norteamericano prácticamente ha entrado en desbandada o simplemente se ha atrincherado en sus bases. Estas, distribuidas por todo el mundo, agrupan a 250.000 soldados, deliberadamente el mismo número que las legiones romanas desplegaron en las centurias de la Pax Romana. En muchos casos, esas bases son apenas centros de control de comunicaciones y su operatividad se reduce a cero. Si los EEUU han logrado mantener su hegemonía mundial con un ejército mediocre ha sido por la alianza entre los EEUU y el gran capital y por la exportación de un modelo de cultura basado fundamentalmente en el entertaintment. Ese modelo es el que ha llegado a Europa y el que ha creado un tipo humano como el que tenemos, individualista y replegado en sí mismo.

El tipo humano que nos ha llegado de los EEUU, no es más que la extremización del que nació y se afirmó con la Revolución Francesa y con la previa Revolución Americana. Hoy, ese modelo, de la mano de los EEUU, ha llegado a su límite y representa la síntesis entre la banalidad, la búsqueda de del lucro y de la usura, el hedonismo, la aceptación de la masificación y una cultura que incorpora todo lo que anteriores modelos han rechazado, empezando por el multiculturalismo y el mestizaje cultural y terminando por la igualdad absoluta entre sexos (que termina atenuando la polaridad sexual: porque la pérdida de identidad en las sociedades modernas llega hasta tal extremo que incluso la propia identidad sexual está desfigurada).

Es preciso rechazar completamente ese modelo y sustituirlo por otro que tenga la fuerza suficiente como para arrinconarlo primero y por aplastarlo después. Sí, porque estamos hablando de un combate cultural: y en los combates hay que hablar de victoria, derrota, equilibrio de fuerzas, ofensiva y aplastamiento del enemigo. La cultura americana es enemiga y no simplemente adversaria porque es la expresión de un Estado cuyos intereses no son los de Europa y que históricamente ha impedido –el mundo anglosajón- la posibilidad de un acuerdo entre los distintos Estados Europeos, con el resultado de dos Guerra Mundiales “calientes” y una Guerra “fría”.

El modelo de sustitución no puede ser otro más que el “modelo militar”. De hecho, los valores de Orden, Autoridad, Jerarquía, son propiamente militares y si de lo que se trata es de sustituir al tipo humano nacido de las revoluciones liberales, habrá que recurrir al que existía anteriormente, cuando las “aristocracias” eran hegemónicas en la sociedad. Desaparecidas las aristocracias o reducidas a su dimensión caricaturesca en la prensa del corazón, los valores que las animaron durante un amplio ciclo de nuestra historia, quedaron recluidas en el estamento militar y ahí han permanecido extinguiéndose cada vez más y estando progresivamente más sometidas al poder político. Es evidente que entre “sociedad democrática” y “sociedad militar” existen contradicciones y que los valores de “libertad, igualdad, fraternidad” son inaplicables a la milicia y cuando se intenta aplicar lo que subyace es la descomposición de las fuerzas armadas, proceso actualmente en fase avanzada de desarrollo.

Cuando la mentalidad burguesa penetra en las FFAA lo que se tienen no son “militares”, gente que hace de la Milicia un estilo de vida y una profesión, son “soldados”, es decir, gente que está en uniforme por el sueldo, por la soldada. Hoy, nuestro ejército profesional, salvo los cuerpos especiales, se asemeja más a una oficina funcionarial, con horarios de entrada, salida, bocadillo, comida y descanso. Desde hace décadas nuestros ministros de defensa están más interesados en discutir quién cobrará las comisiones por la compra de armamento que de si ese armamento es realmente útil, pierden más tiempo en discutir sobre lo banal (“el ejército y la constitución”, “el ejército y la sociedad democrática”, “la igualdad sexual en el ejército”, etc) o en seguir a los EEUU en unas aventuras coloniales en las que España no tiene nada que ganar ni que perder, que sobre lo verdaderamente esencial: que el ejército es el escudo defensivo de un país, no de una clase política atrincherada tras los artículos de la constitución. En España ha habido muchas constituciones y habrán, sin duda, muchas más; esta de ahora es una mas, así que obstinarse en su defensa parece otra de las banalidades habituales con las que se elude el problema fundamental del mal hacer y de las patologías de la clase política.

Antes hemos dicho que era preciso restablecer el principio de Autoridad en la sociedad. Pero no solo eso. Es preciso también restablecer la idea de responsabilidad, de deber, de honor, de capacidad de sacrificio, de disciplina… valores todos ellos que componen la panoplia de los valores militares. Y es preciso restablecernos, no solamente en una milicia liberada de la tiranía interesada de la clase política, sino también en toda la sociedad como valores de sustitución de los valores actualmente transmitidos por la enseñanza y aplicados en la sociedad. Los valores de “igualdad”, “paz”, “bienestar”, etcétera, son valores “finalistas”, pero existen otros que ya no se enseñan en las escuelas, los valores “instrumentales”, sin los cuales los anteriores no pueden existir. Y luego, por supuesto, existen valores-bazofia llegados con el humanismo-universalista expandido por la UNESCO y por la ONU, que han tenido en José Luis Rodríguez Zapatero a su caricatura española: valores de un “mundo sin fronteras”, “mestizaje cultural” (como si el tam-tam y la música de Beethoven pudieran “fusionarse”), “pacifismo universalista”, “multiculturalismo” y todo lo que es “políticamente correcto” que no es más que el acompañamiento coreográfico del “nuevo orden mundial” y de un “pensamiento único” con el que los gestores del gran capital financiero internacional quieren crear unos seudo-valores que acompañen a su proyecto de globalización.

Vivimos en un momento de descomposición de todos los valores, punto extremo al que nos ha llevado el liberalismo. Solamente encontramos en los valores militares (que todavía se enseñan en las Academias Militares y que todavía permanecen de manera residual en muchos de nosotros) la única alternativa. Esos valores han acompañado a nuestros pueblos europeos en sus mejores momentos en la historia. Cuando en España la sociedad ya había iniciado la pendiente de la decadencia, nuestros Tercios todavía los mantenían bien altos y en las mayores crisis de nuestro país siempre se recurrió a esos valores y a las espadas en las que cristalizaban para salir. Hoy, si de lo que se trata es de realizar un enderezamiento nacional, recuperar el tiempo perdido y sacar a España del foso en el que nos encontramos, hará falta recurrir a esos valores de acero, porque ha llegado el tiempo en el que nos resignamos a desaparecer o adoptamos decisiones que requieren la dureza del material cien veces templado.

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